viernes, 7 de marzo de 2008

Tacita a tacita...

Así decía un antiguo eslogan publicitario resumiendo que poco a poco se puede ahorrar bastante. Pues muchos debieron tomárselo muy en serio...
Hace unos años apareció D. Juan por la oficina con la mirada torva y el gesto agrio. Portaba en la mano un pequeño papel arrugado, que me enseñó... no perdón... me arrojó.
-Son ustedes unos estafadores, dijo el simpático D. Juan.
-Perdone, en qué le puedo ayudar?
-Usted ya no me ayuda a mí ni a cruzar la calle, quiero hablar con el director.
-Pues en este momento no está, si me dice lo que le ocurre...
-Que me ha mangao usted un dinero en intereses (tal cual)
Al parecer hacía unos meses había pactado conmigo un tipo de interés para un depósito a plazo por un total de 70 millones de pesetas, y yo con mi supercalculadora de los chinos había calculado los intereses aproximados y se los había detallado en el ya conocido papel arrugado.
-Mire lo que me ha puesto usted en el papel y ahora mire lo que me han metido en la cuenta. Se dará usted cuenta de que está hablando con uno de sus mejores clientes, y no con un mindundi cualquiera.
Efectivamente existía un desfase entre lo apuntado por mí y lo abonado tras retenciones, bla,bla,bla. Posiblemente mi calculadora no había tenido en cuenta la TAE, las TTI, el TNT o vaya usted a saber...
En medio de aquella bronca apareció el director, que cuando pudo por fin entender lo que ocurría, procedió de forma muy profesional. Metió la mano en su bolsillo y le dijo al respetable cliente:
-Mire, D. Juan, aquí tiene 200 pesetas, las 76 que le faltaban y el resto para que se me tome una tilita. Ya ve que aquí nos preocupamos por nuestros buenos clientes.
Sin palabras, a los dos nos dejó sin palabras. Pero D. Juan se echó la moneda al bolsillo...
Algo parecido sucedió hace unos días. A primeros de mes,con una cola de unas quince personas , atisbo a oír al cliente que se acercaba a la ventanilla:
-Me dé usted 50 céntimos que voy a por el pan.
Jose Antonio incrédulo, y pensando misericorde en aquél pobre hombre que así tenía que administrar sus paupérrimas cifras, reparó en que tan paupérrimas no eran, y que con creces llenaban cinco cifras. Se levantó de su silla (sentí tener un déjà vu al verle meter la mano en el bolsillo) y le dijo al cliente:
-Tenga hombre, que así tardamos menos. Hoy al pan le invito yo.
Lo malo, como muy bien me dijo hace poco un amigo, es que le haya cogido el gusto y la semana que viene vuelva a por lo del pan y la leche.
Hoy ha sido el colmo. Sobre las 13:40, hallándome ya absorto en el lento transcurrir de los minutos, aparece un cliente con gesto serio, muy serio.
Ante mí pone un extracto de cuenta, donde ¡oh dioses inmisericordes! aparecía en concepto de liquidación, asómbrense, 0,02 céntimos causados por un pequeño descubierto en cuenta. Con el aspecto de parecer absolutamente cuerdo en sus gestos y lenguaje (bueno, eso a medias, que era extranjero y apenas sabía español), me indica que su religión le prohibe pagar intereses, por tanto es totalmente imprescindible que le devuelva los dos céntimos, o se verá abocado a una eterna y desagradable eternidad. Hoy la mañana había sido aburrida, y mira por dónde, tenía ante mis narices la oportunidad de reírme por dentro, con lo que a mí me gusta eso, y encima me iba a salir barato.
Saqué los dos céntimos de mi bolsillo, ya lo hacía hasta con estilo, y se los entregué, no sin antes solicitar su firma al pie del siguiente escrito:
Yo, D. Tal y Cual, he recibido del banco X la nada despreciable cantidad de 0,02 céntimos por la cual quedo, de momento, exonerado de cualquier venganza divina posterior a mi óbito, ya sea terrenal, celestial o inframundial, debida al espantoso incumplimiento del deber de no pagar por deber.
Atentamente,

Y en el cajón tengo el papel firmado.

martes, 15 de enero de 2008

Peticiones del oyente

A veces me pregunto qué hace la gente en sus horas libres, y no me refiero a sus hobbys u ocupaciones, sino a sus pensamientos, sus elucubraciones y maquinaciones. Porque hay algunas peticiones que no pueden ser producto de un razonamiento espontáneo o una sugerencia lógica.

Hoy mismo un cliente, aparentemente normal, entra en la oficina, se dirige con paso firme a mi mesa y me dice:

-Meta inmediatamente un billete de 20 euros en el cajero que me hace falta.
-Perdone, caballero, hasta que no nos sirva la empresa de seguridad el dinero, eso será imposible.
-Pues le pondré una denuncia, porque yo quiero mis 20 euros y usted está obligado a facilitármelos.
-Muy bien, pues diríjase al puesto de caja y solicite un reintegro al compañero.
-No, tiene que ser del cajero.
-Le aseguro que los del cajero y los de la ventanilla son expedidos por la fábrica nacional de moneda y timbre.
-Menos cachondeo y meta el billete para que lo pueda sacar.
-Y me puede explicar por qué no puede sacarlo por caja?
-Porque colecciono los recibos de los cajeros, y su compañero no me lo va a dar.

Vale, surrealista pero cierto. Por supuesto no hice lo que me pedía, no sacó el dinero por ventanilla y me temo que el recibo del cajero le faltará en su gratificante colección.

Esto me hace recordar hace unos años, cuando aún había pesetas (qué nostalgia, qué melancolía), cuando tuve una petición similar.

Un cliente joven, bien situado, con un empleo especializado, extrajo también de cajero cinco billetes de 2000 pesetas. Con una grave expresión de indignación, se dirigió a mí:

-No quiero estos billetes, quiero billetes nuevos.
-Preguntaré a mi compañero si tiene el caja, un momento. (En principio no me extrañó, la gente quiere billetes nuevos en sobres nuevos como regalo de bodas para novios nuevos, qué redundancia).
-Lo siento, pero no tenemos en este momento billetes nuevos.
-Pues exijo billetes nuevos, por eso lo he sacado del cajero.

Tras ciertos intentos sin éxito por mi parte de averiguar el motivo de tan insistente petición y colmando mi agotable paciencia, le respondí:

-Siento no poder complacerle, no tenemos billetes nuevos pero cursaré una petición a Banco de España de una máquina que nos permita imprimirle los billetes; un cliente satisfecho, un deber cumplido.

Ni que decir tiene que se fue derecho al despacho a dar queja sobre mi contestación, que dicho sea de paso, fue acompañada de la mejor de mis sonrisas. Al fin y al cabo, el cliente sieeeempre tiene razón.

Otro día, no sé si antes o después, cometí el imperdonable error de ausentarme dos minutos para comprar una inocente barra de pan. A mi vuelta, los rostros de los clientes se volvieron hacia mí, con una muda súplica en sus ojos. La cara del gestor que estaba sustituyendo al cajero era un poema a la desesperación, la de Pili estaba compungida en una mueca, y desde el despacho salían gritos inhumanos.

Jose Antonio desde la caja me decía: "lo siento, es que yo no puedo abrir la puerta en esas condiciones", Pili mascullaba "menudo salvaje" y yo tenía un ¿eing? constante en mis labios.

Los hechos se sucedieron de la siguiente manera: un cliente de otra oficina quiso entrar por la esclusa compañado de dos rottweilers, según testigos objetivos, de unos quinientos kilos cada uno. Debido a las cadenas que portaban ambos canes, el detector de metales chillaba histéricamente, y mi compañero, juiciosamente, no facilitó la entrada. El hombre dejó a los perros fuera, y volvió a entrar, esta vez con éxito. Bah, no fue nada, sólo amenazó a todo el personal de la oficina y a los incrédulos clientes con lanzarles sendos especímenes directos al cuello en el próximo encuentro que tuvieran por la calle. Total, para que les seccionara la yugular, y una vez puestos a morder, sacarles las tripas. A los compañeros por no abrir, y a los clientes por los aislados e unánimes comentarios de "cómo pretende entrar con esos perros". Una vez atento a los gritos del despacho que aún no se habían humanizado, decidí poner fin a tan trágica escena, o sea, llamé a Benito, el policía de barrio, ya, a fuerza de roce, mi gran amigo.
Al final todo se quedó en una simple petición del cliente: "O la próxima vez me dejan pasar con los perros o tenemos una desgracia"

Y esto es una simple muestra, no se vayan todavía... aún hay más...

sábado, 22 de diciembre de 2007

Obras maestras de ayer y hoy

Todos los bancarios sabemos que una de las peores cosas que puede suceder en la oficina es que decidan hacer obras. A la constante tensión ya habitual, hay que sumar el polvo, los ruidos, los cascotes, las tablas en el suelo, los agujeros, etc. etc. Aunque algunas veces los señores pensantes del departamento de inmuebles saben hacerlo aún mejor. Y me los imagino como pequeños troles cabrones ideando cómo hacértelo pasar peor, arguyendo sutiles planes para llevar la paciencia y el sufrimiento a límites insospechados.

Mi primera obra fue en el mes de agosto, decidieron remodelar por completo la oficina, techos, suelos, paredes, mobiliario, disposición. Todo.

Y por supuesto el recinto de caja.

Y como mandan los cánones de seguridad, hubo que improvisar un nuevo recinto auxiliar y ¿qué se les ocurrió a los ptc (pequeños troles cabrones)?Pues sencillo: colocaron en medio del patio de clientes, al lado de un gran ventanal por donde entraba el sol toda la mañana, una antigua taquilla de metro, de hierro, pequeña, sin ventanas, con techo y por supuesto sin aire acondicionado (ni siquiera funcionaba el de la propia oficina). Y pensar que hay gente que paga por una sauna... Aún tengo bajo el nivel de toxinas de todas las que pude perder durante el mes que pasé sudando hasta la deshidratación. De vez en cuando tenía que salir durante unos segundos y boquear como los peces para evitar el desmayo. Qué maravillosa experiencia...

La segunda obra que pasé fue más cómoda, menos calurosa pero muuucho más escatológica. Al lado de mi mesa se encontraba la arqueta por la que discurría todo aquello que bajaba por las tuberías del edificio. "Todo aquello". Dos veces tuve que padecer los desatascos, y a la tercera fue la vencida. Los nunca bien pagados poceros, esta tercera vez, procedieron a insertar gomas en aquel agujero inmundo para ejercer presión sobre el atasco y deshacerlo, pero el efecto fue inverso. La presión hizo que al exterior saliera "todo aquello", salpicando muebles, ordenadores, techos, paredes, suelos, papeles, poceros incluso. Y ante semejante e antihigiénico despropósito no hubo más remedio que abrir una zanja de metro y medio de profundidad , unos cuatro de longitud y un metro de anchura. ¿Y dónde? Obvio, al lado de mi mesa. Según el Feng Shui, tener en tu entorno una fuente, cascada, río etc. hace que fluyan buenas energías, bueno, pues no eran precisamente buenas energías lo que fluía por aquella zanja; mejor no digo más, aún me conmueve profundamente en mis entrañas el recuerdo de aquel escatológico mes. (Disculpen, voy a vomitar un poco).

Y ahora llega el momento de la Gran Obra, proyecto digno del mismísimo Imhotep, con un altísimo presupuesto, gran dotación obrera, ingentes cantidades de material y sin claras expectativas de finalizar a corto plazo. Están cambiando el suelo y los azulejos de los dos mínimos baños, cuyo espacio se reduce al exclusivamente necesario para una taza y un lavabo. Las obras comenzaron exactamente hace un mes, en ocasiones ejecutadas hasta por tres profesionales, han puesto el mismo azulejo para el suelo y las paredes, el suelo está colocado sobre el anterior, los panes de cemento tras los azulejos antiguos, han sido tapados por delgadas láminas de pladur, sobre las que se han colocado los nuevos azulejos, el techo no se pintará (casi mejor, rompe la monotonía cromática del blanco de suelos y paredes), y por supuesto los saneamientos serán los viejos, perdón, antiguos, porque estimo que un objeto que supera los cuarenta años ya merece la categoría de antigüedad. Haciendo una excepción, los ímprobos albañiles han roto una de las tazas y tengo mi confianza puesta en que alguien con dos dedos de frente entre los ptc, decida autorizar en un magnánimo gesto de empatía el coste de una nueva. Y en cuanto al presupuesto, ni lo menciono por una simple cuestión de pudor.

Pero, ¿quién sabe?, siempre he sido hombre de poca fé, y quizá, cuando acaben las obras (no saben darme fecha, ni siquiera mes arriba, mes abajo), el resultado sea tan deslumbrante que tenga que comerme mis propias ironías. Que va a ser que no... mi intuición y mis dotes de medio brujo me hacen sorpenderme siempre menos de lo que quisiera.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Broncas (Hit Parade)

De todos es sabido que el cliente siempre tiene la razón. De todos es sabido que el cliente casi nuuuuunca tiene razón. De todos es sabido que estamos para lo que los clientes manden (y no hay manera, no mandan ni un jamón, ni un lomo pata negra... nada). Pero de todos es sabido que a pesar de nuestra bancaria paciencia infinita, a veces el demonio humano que habita en nosotros se descontrola. Vaya, que se nos calienta la boca.

Al principio fui mesurado, no "entraba al trapo" con facilidad. Prefería ignorar los insultos y seguir atentiendo con mi gran sonrisa al siguiente cliente. A esto le llamo yo apaciguamiento por aburrimiento. Se cansan de insultar y se van. Que me llamaban sinvergüenza, pues yo a callar, que me llamaban ladrón, yo a sonreír. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Pero al igual que la capacidad de asombro no tiene límites, la capacidad de aguantar humillaciones y vejaciones no sólo sí los tiene, sino que la rapidez de su agotamiento es directamente proporcional al número de insultos recibidos. Cada insulto rellena el doble que el anterior.Recuerdo aquel bello día de marzo, último sábado que trabajábamos al fin ese semestre...

Era una arapahoe redomada (ara, pa joé, llego un minuto antes de cerrar) porque quería sacar dinero con una tarjeta de una caja, no recuerdo cuál, y la banda magnética estaba estropeada. Se le indicó que nada podíamos hacer porque no era de nuestra entidad. En viendo sus fosas nasales dilatarse hasta extremos no humanos, hicimos el esfuerzo de llamar al teléfono de 24 horas de SU caja de ahorros. Nada que hacer. Entonces se le ocurrió una maravillosa opción, que le dejáramos sacar el dinero de una cuenta de nuestro banco que alcanzaba la nada despreciable cifra de 0,29 céntimos, y sin movimientos desde seis meses atrás. Pues... va a ser que no, oiga. La amplitud de sus fosas nasales iba in crescendo en consonancia con su cabreo. Mientras, la caja se cuadraba, en los ordenadores se hacía cierre ordenado, el cuadro de luces quedaba apagado, los compañeros se iban a su casa deseándonos suerte... y allí, en medio de la oscuridad de la oficina, amablemente le ofrecíamos irse al guano, pero en fino. Pues nada, Celia y yo secuestrados en nuestra oficina por una loca con las narices como un mihura. Celia, en su status de directora, hacía lo que tantos y tantos cursos de formación le aconsejaban, paciencia, no gritar, mostrarse razonable, etc.
Y yo, en mi esquina, apoyado, con la gabardina puesta y el paraguas de golf en la mano, miraba absorto la escena, pasando la mirada de aquel ser inhumano de indescriptible rostro al reloj de la pared que anunciaba con su tic tac que algo iba a ocurrir, y de momento ese algo no era irme a casa.

"Hijos de (lumi, hetera, mala madre, mujer de vida disipada, meretriz, etc. eufemismos varios, vaya) no me voy hasta que no me déis dinero, y de aquí no se mueve ni dios" exclamaba una y otra vez en medio de una serie continua y repetitiva de exabruptos y sinrazones. Pero yo ya veía los minutos, sí, los veía a mi alrededor engordando el ambiente, espesando el espacio. Las dos de la tarde... las dos y diez...las dos y media... Mi ya de por sí mermado fin de semana que sólo se reduce al domingo, estaba siendo reducido cada vez más y más y más y más; de momento ya le había regalado al taurino contrincante una preciosa hora.

Me despegué de la pared, atravesé la nube de minutos como en un sueño, me puse delante de ella, alcé el paraguas sobre su cabeza, saqué la mejor de mis sonrisas y con una voz dulce y suave le hice un pequeño comentario: "Mira, tía loca, o sales de aquí pitando o te juro que te hago una brocheta con el paraguas". Bien, por fin, el triunfo de la razón. Escoltada por mi humilde persona y mi arrogante paraguas, salió por la puerta rauda y veloz.

Desde entonces miro a los paraguas con gran respeto, y si son de golf, hasta con cierta veneración.

Pero hoy, sin mediar instrumento mágico externo alguno, los efectos han sido bastante parecidos. Extranjera, peruana para más señas, mal encarada, de ceño impenitentemente fruncido, se acerca con su acompañante a la ventanilla de caja, por encima del cristal blindado arroja un papel con una transferencia hecha desde la oficina a Perú con gesto de displicencia y cierto asco. Cosa extraña, he de decir; estoy acostumbrado a atender extranjeros y suelen ser bastante más amables y considerados de lo que la mayoría cree. Pero en fin, extrañado por el comportamiento, mantenemos un intento de entender el por qué del gesto y explicar el por qué de la incidencia, pero nada, acabó obsesionándose porque yo era un inútil y no sabía hacer esa operación (¡Dios mío, al menos veinte por semana, ninguna incidencia y ahora resulta que no sé!). De forma sutil iba dando punzaditas en mi ego y mi mala leche que acabaron escociendo, y sin saber por qué, tras dos centímetros de cristal blindado, se me ocurrió medio susurrar entre dientes, mascullando, que ya hay que tener oído para captar algo dicho así, una absurda palabra, quizá dictada por mi subsconsciente que veía las gotitas de saliva salir disparadas entre insultos hacia el cristal. "Babosa", le dije.¡ Qué cambio, qué transformación! Se vino abajo como una gelatina en el microondas, toda su arrogancia, su mala educación se arrugaron y con gesto de sorpresa y humillación y algo de dolor en el orgullo, me preguntaba "¿qué me ha dicho, qué me ha dicho?". Mi mente fue rápida y le dije: "que voy a hacer UNA COSA, llamar a ver si hay incidencia". "De acuerdo, si le dicen algo, por favor, sea tan amable de llamarme", me respondía con una educación hasta ahora en ella insólita.

Increíble la fuerza de las palabras. Sorprendente.

martes, 4 de diciembre de 2007

Los jefes... esa especie que nunca se extingue

Pili me ha pasado estas pequeñas memorias.

Durante todos estos años he tenido jefes de lo más variopinto, buenos jefes, malos jefes, jefes que no tendrían que haber sido jefes, jefes que querían ser más que jefes. Vamos a ver si soy capaz de recordarlos a todos (son muchos, buen ejercicio para la memoria).

Adolfo: Mi primer interventor, el saber hacer y el buen humor su bandera. El me enseñó en mis primeros pasos por el banco y se rió de mí una jartá (palabras suyas). Y yo con él, sus chistes han sido los mejores que he oído nunca. Me decía "quilla, que tú vales mucho, ¿qué leches haces en este banco?" Pues de todo, señor mío, a estas alturas hasta he aprendido fontanería.

Carlos: Mi primer director. Este era un poco mosca cojonera, me ponía trampas para darme la gran llorera. Cuando no me faltaban dos millones de pesetas, me llamaba el jefe de personal en persona (infinita redundancia) o había decidido que era la culpable de una estafa. Dios, qué sinvivir.
Ernesto: Segundo director. Este se bebía hasta el agua de los floreros, sin miedo al despido, siempre estaba colocado. En mi puesto tenía una hoja con todos los teléfonos de los bares cercanos, era imposible no localizarlo (sus agencias satélites las llamaba) Pero una gran persona y un gran amigo. Ernesto, donde estés que seas feliz y que San Miguel te haya puesto un grifo de cerveza para toda la eternidad.Ismael: ¿Interventor? La única persona a la que de verdad he odiado en mi vida. No merece más mención.

Antonio: Director, perla rara en este oficio porque no sólo hablaba de banca. Es más ¡ se atrevía con la astronomía la filosofía y la física cuántica! Aún recuerdo su voz, su risa, sus ánimos inquebrantables, su alma buena. Espero que estés con Ernesto y que no sea tan egoísta como para no pasarte alguna caña de vez en cuando.

Juan María: Interventor. Este merece tres blogs. Mi gran maestro, mi referente de citas, mi gran amigo. Suyas son las frases que me abrieron camino en la banca: "A la mujer y al papel hasta el culo le has de ver" (Ya le vale). "No pasa nada y si pasa se le saluda". "Cuando te entren ganas de trabajar siéntate y espera que se te pasen" y otra sarta de sentencias de gran sabiduría. Fue la mejor época, ¡hasta iba contenta a trabajar!. A él no le echo de menos, cuando menos me lo espero parece vestido de alguna increíble guisa para tomarnos un laaaargo café.

Alonso: Interventor. Llevó a mi vida el misterio y el enigma. Cuando pasaba mucho rato sin verlo, el enigma y el misterio eran: ¿A que le ha dado otro ataque al corazón y está descorromoñao encima de la mesa de juntas? Sus extrañas desapariciones eran dignas de un reportaje de Jiménez del Oso. El gran Houdini de la banca, se escapaba y nadie sabía cómo.

Pedro: Director. Entre sus grandes hazañas está la de meternos un clan gitano con escopetas en la oficina diciendo que iban a hacer un estropicio y sin mala conciencia ¿eh?. Aún tengo pesadillas con la posibilidad de aquellas blancas paredes manchadas de sange. Aggggg.

Luis: Interventor. Era como una lechuza, nadie ni nada escapaba a su mirada. Todo absolutamente controlado. Increíble, porque siempre tenía los ojos en el periódico. Siete horas de periódico diarias, siempre pensamos que se iba a presentar al Guiness como la persona que más noticias se sabía de memoria.

Javier: Director. Un pedazo de pan, una excelente persona. Pero... cuando cogía la cintura de su pantalón y se la subía hasta un palmo por debajo de la axila, nos escondíamos porque sabíamos que estaba próximo el advenimiento del gran tsunami de su mala leche reconcentrada. Excelente jefe.

José Miguel: Director. El mayor bromista que he conocido. Había que andar con cien ojos con él, porque tan pronto ponía la alarma a mitad de la mañana para darnos el susto padre, como metía de música ambiental canciones de los Mojinos Escocíos. Repartío motes y los usó de tal manera, que inconscientemente nos llámabamos entre nosotros y ante la incredulidad de los clientes "El Membrillo", "El Carahuevo", "La Chatarras", "El Nosferatu", etc.

Vicente: Director. El "nervios". Consiguió alterar hasta a la fotocopiadora. Corrió mucho para no llegar a ninguna parte. Bueno, sí, al convencimiento de que hay que trabajar para vivir, no al contrario. He de confesar que fue blanco de mis bromas, que fueron muchas y por cierto, muy buenas. Y él ha de reconocer que le aliviaron en gran medida el estrés. A pesar de los desencuentros, amigos.

Fernando: Director. Buena complicidad, buen rollo, buen humor, muchas risas. Eres un gran profesional y sabes disfrutar (jejeje, qué envidia te deben tener algunos).

Celia: Directora. L´enfant terrible. Descarada, franca, sincera, se ríe de su sombra, no se calla ni debajo del agua, sobre todo "si no tiene el chichi para farolillos". Nos juntamos el hambre con las ganas de comer.

Y no se vayan todavía... aún hay más.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Días Negros

Así es como llamo a esos días que intuyo desde que me levanto. La opción racional es no hacer caso a esa intuición y confiar en que sólo es una manía. La opción no racional en este caso siempre es la mejor y la que nunca sigo: darse media vuelta en la cama, taparse hasta las orejas y no salir ni a asomarse a la ventana.

Pero como ya he dicho, no la sigo, así que éste fue un día negro.

7:15 a. m. Golpe trasero en el coche. No fue mucho, pero asustó. O bien sin saberlo fui parte de un nuevo experimento Filadelfia que me volvió invisible, o bien este buen señor tuvo un despiste del carajo.

8:00 a.m. Comienzan las obras en la oficina con las molestias normales, ruido, polvo, etc. Hasta que se cargan el router y se vienen abajo todos los ordenadores.

8:30 a.m. No se abre la caja fuerte.

9:00 a.m. Cinco clientes gritando porque no hay dinero para sus reintegros.

9:30 a. m. A pesar de tener la oreja fría intentando oír los relojes del retardo.Ni un leve susurro, la caja no se abre.

10:00 a.m. Salgo raudo y veloz a otra oficina a buscar algo con lo que contentar a las hordas hambrientas de billetes.

10:15 a.m. Me pierdo.

10:20 a.m. Sigo perdido, me desespero, me encuentro.

10:25 a.m. NO encuentro aparcamiento cerca de la oficina.

10:35 a.m. Aparco en el parking cercano de un centro comercial donde Cristo dió las tres voces.

10:55 a.m. Por fin salgo con el dinero, cojo el coche, siento la extraña sensación, casi certeza, de un intento de asalto en el parking subterráneo, me chupo un inexplicable atasco de tres pares, llego a mi oficina, NO encuentro aparcamiento.

11:10 a.m. Mi jefe me hace la ola, y me dice que estaba a punto de poner un pregón. Mucho cachondeo y muchas ganas de morderle un ojo.

11:20 a.m. Los insignes albañiles se cargan la instalación eléctrica. A la mierda el fax, los ordenadores y la radio, mi querida radio snifffffff.

11:45 a.m. Nos quedamos sin teléfonos.

12:00 ¿a.m. o p.m.? El dolor de cabeza me taladra los sesos, ni siquiera veo bien.

12:10 p.m. Aparece un cliente conocido, le pregunto ¿tienes prisa? No, contesta. Pues vámonos, le indico.

12:25 p.m. Después de convencer a mi amigo de que teníamos que ir a un bar determinado (no, yo no tenía buenas intenciones, quería ir a ver al dueño del bar a colocarle un par de operaciones de conveniencia) y dar más vueltas que un tonto para encontrarlo, el bar estaba cerrado.

12:30 p.m. Encontramos una cafetería aparente, tomamos un refresco, le invité a un Ibuprofeno que rechazó amablemente y hablamos sobre el sentido de la vida (juas juas).

12:45 p.m. De vuelta en la oficina, nada más aposentar mis posaderas en mi sagrada cátedra, el jefe con cara de malos humos sale de su despacho para decir: "La próxima vez no tardes tanto que hay mucha gente", y sí, había mucha gente en ese momento que supongo que oyó perfectamente la amable indicación. Sopesé contestar delante de esa improvisada y agradecida asamblea de oyentes, pero decidí callar, tragarme la mala leche que me hinchaba cual chinche y seguir aguantando, ya llegaría el momento.

13:00 p.m. El compañero de ventanilla, como San Pedro, por tres veces me negó. Fue a discutir, y fuerte, con el cliente con más dinero de toda la oficina. Sí, ya sé, es nuevo, no conoce a los clientes, no me conoce a mí, pero estoy mal acostumbrado. Con una mirada, un gesto, normalmente entienden que hay que callar, que me lo dejen a MÍ. Por TRES veces le mandé callar, por TRES veces siguió despotricando, por miles de veces se me pasó por la cabeza la frase: "Voy a cancelar mis cuentas".

13:20 p.m. Tengo que mediar entre dos clientas enzarzadas por un "quítate ya de la mesa que llevo esperando quince minutos a que me toque". Acabaré poniendo una tira de números como en las pescaderías. Qué triste.

13:59:59 p.m. Cierro la puerta de entrada, y nada más volver la espalda, oigo esos golpes metálicos y salvajes en el agarrador que me eneeeeeeerrrrrrrvan. "Oiga, que por mi reloj falta un minuto" "Pues señora, por el mío no, y es el que manda, así que será que he abierto un minuto antes" "Pues esto no va a quedar así" Sí, señora, queda así cerrado a cal y canto, que ,como dice una compañera (aunque para mí no sea la frase más acertada) hoy ya no tengo el chichi para ruidos (o farolillos, tiene las dos versiones).

La hora siguiente fue de mayor quietud y de mayor lentitud, el tiempo no pasaba, las tres no llegaban, el dolor de cabeza seguía y seguía. A las tres en punto, no era día para demorar, tomé una bocanada de aire fresco justo en la puerta, me apresuré al coche, puse un cd de ACDC (qué raro suena), grité lo que me dió de sí la garganta y puse rumbo a mi casa, mi refugio, mi hogar, mi cuartel de invierno (y de verano... bueno, de toda estación). Una vez en casa, salí del modo bancario y me puse a pensar, absorto y triste, mientras miraba a mi perro en cuánto me desconciertan los gatos...

jueves, 22 de noviembre de 2007

Obituario

Dice un viejo refrán que al que cuece y amasa, de todo le pasa. Pues tanto tiempo amasando y cociendo, con toda suerte de situaciones me he llegado a encontrar, y ésta es una más, eso sí, impresionante y triste.
Como todas las mañanas llegaba yo a eso de las siete y media de la mañana, aún oscuro, a las inmediaciones de la oficina. Como siempre acechando cual felino, porque tengo la extraña sensación de que lo del "Atraco del madrugador" no es ni leyenda urbana ni mitología bancaria. Es más bien una triste realidad a la que los madrugadores nos enfrentamos a la hora de la solitaria entrada.
Pues bien, aquel día repartí mi mirada para observar que sólo había dos personas en las cercanías de la puerta, una de ellas en el cajero automático y la otra sentada en un banco, posiblemente esperando que vinieran a recogerlo para ir a trabajar.
La mañana se desarrolló como es de esperar, clientes molestos, clientes enfadados, clientes cabreados, y así un largo etcétera de modulaciones en la escala de sentimientos de nuestros siempre agradables y no del todo apreciados clientes.
A las diez de la mañana, la parca y su fatal anuncio hicieron acto de aparición en la oficina en forma de simpática y dicharachera clienta. Después de realizar las gestiones que consideró oportunas (siempre son demasiadas en mi modesta opinión, cómo le gusta a la gente jugar a bancos), cual enviada del Hades, me dijo:
-Tú no has visto lo que tenéis en la puerta, ¿verdad Pakito?
-Pos no, contesté yo estirando el cuello para atisbar cualquier cambio en el umbral y alrededores.
-Tenéis un muerto.
Mi mente repasó en cuestión de segundos todos las acepciones de la palabra "muerto" disponibles en mi mermada memoria. Por cierto, qué bien me vendría un back up y un resteo, la de megas ocupados por chorradas inservibles que tengo ahí dentro. Abrí archivos, carpetas, subcarpetas en mi registro linguístico para llegar a la conclusión de que muerto es muerto, o sea no vivo.
-Venga ya, no fastidies. (Respuesta original donde las hayas, qué dominio del vocabulario)
-Que sí, que sí, sentado en un banco.
Ahí mi cámara subjetiva me mostró un macabro flashback de la imagen matutina del obrero sentado en el banco tranquilamente. Y tan tranquilo que estaba, ni un nervio. Es decir, no esperaba ir a trabajar, la cita había terminado y había sido con la mismísima Moira.
Y pasó a relatarme que el descubrimiento había sido hacía apenas unos minutos por parte de mis vecinos del banco de la competencia que habían visto extraño que el hombre no cambiara de postura. Está claro, los bancarios somos especie sujeta a extraños sucesos, sea cuál sea la subespecie a la cual pertenezcan.
A partir de ese momento, todo eran idas y venidas de Jose, el compañero de ventanilla, que movido por un extraño y nada previsible morbo, nos daba puntual información cada cinco minutos de las maniobras policiales y sanitarias, así como de la última hora de los improvisados reporteros callejeros que no se ponían de acuerdo si era un hombre de color, un vecino "falto" de la calle no sé qué, en si el mp3 que llevaba seguía funcionando o que si el momento fatal llegó de madrugada o a primera hora de la mañana.
Entretanto el director estaba en sus quehaceres diarios de escuchar la sagrada y habitual bronca telefónica de su director de área, compartiendo experiencia con algunos otros directores. La policía hizo acto de aparición para requerirnos las cintas de las cámaras de seguridad, momento que aproveché para hacerle partícipe del cotilleo del día. El, incrédulo, sólo pudo decir a través del auricular "Lo siento, he de retirarme, está aquí la policía. Se nos ha muerto un hombre en la puerta". Al parecer el director de área hizo partícipe de su desagrado al resto de directores oyentes con un "nada, que nunca podemos terminar una conversación a gusto". Y es que hay gente que no tiene consideración ni sensibilidad, mira que ir a morirse allí mismo con un despacho de directores en ciernes.
Pero he de decir a favor de este gran jefe, que más tarde demostró su inquietud y preocupación, cuando preguntó a un compañero: "No sería cliente, ¿no?. Y si lo era, no sería moroso." Siempre me gustó la gente empática.
Y se acabaron las ironías. Aproximadamente a las once, salí a tomar mi consabido y estimulante café. No es que no pudiera evitar el mirar, sino que la escena estaba ante mí, no se podía huir de ella. Ya habían desaparecido todos los policías excepto uno, que aguardaba estocaimente la llegada del forense, y se mantenía a varios metros del hombre, fuera del gran perímetro acordonado. Y en medio de aquel vasto páramo, el hombre seguía sentado oyendo sin escuchar la música de su Mp3, con la cabeza apenas tapada. Su familía aún creería que estaba en su trabajo, riendo chanzas de compañeros, quejándose de sus jefes o empecinándose en mejorar su labor. Alrededor, los curiosos bromeaban, suponían, teorizaban, o simplemente hablaban de cualquier otra cosa.
Si alguna vez tuviera que pintar la soledad, sé perfectamente cómo sería el cuadro.