viernes, 7 de marzo de 2008

Tacita a tacita...

Así decía un antiguo eslogan publicitario resumiendo que poco a poco se puede ahorrar bastante. Pues muchos debieron tomárselo muy en serio...
Hace unos años apareció D. Juan por la oficina con la mirada torva y el gesto agrio. Portaba en la mano un pequeño papel arrugado, que me enseñó... no perdón... me arrojó.
-Son ustedes unos estafadores, dijo el simpático D. Juan.
-Perdone, en qué le puedo ayudar?
-Usted ya no me ayuda a mí ni a cruzar la calle, quiero hablar con el director.
-Pues en este momento no está, si me dice lo que le ocurre...
-Que me ha mangao usted un dinero en intereses (tal cual)
Al parecer hacía unos meses había pactado conmigo un tipo de interés para un depósito a plazo por un total de 70 millones de pesetas, y yo con mi supercalculadora de los chinos había calculado los intereses aproximados y se los había detallado en el ya conocido papel arrugado.
-Mire lo que me ha puesto usted en el papel y ahora mire lo que me han metido en la cuenta. Se dará usted cuenta de que está hablando con uno de sus mejores clientes, y no con un mindundi cualquiera.
Efectivamente existía un desfase entre lo apuntado por mí y lo abonado tras retenciones, bla,bla,bla. Posiblemente mi calculadora no había tenido en cuenta la TAE, las TTI, el TNT o vaya usted a saber...
En medio de aquella bronca apareció el director, que cuando pudo por fin entender lo que ocurría, procedió de forma muy profesional. Metió la mano en su bolsillo y le dijo al respetable cliente:
-Mire, D. Juan, aquí tiene 200 pesetas, las 76 que le faltaban y el resto para que se me tome una tilita. Ya ve que aquí nos preocupamos por nuestros buenos clientes.
Sin palabras, a los dos nos dejó sin palabras. Pero D. Juan se echó la moneda al bolsillo...
Algo parecido sucedió hace unos días. A primeros de mes,con una cola de unas quince personas , atisbo a oír al cliente que se acercaba a la ventanilla:
-Me dé usted 50 céntimos que voy a por el pan.
Jose Antonio incrédulo, y pensando misericorde en aquél pobre hombre que así tenía que administrar sus paupérrimas cifras, reparó en que tan paupérrimas no eran, y que con creces llenaban cinco cifras. Se levantó de su silla (sentí tener un déjà vu al verle meter la mano en el bolsillo) y le dijo al cliente:
-Tenga hombre, que así tardamos menos. Hoy al pan le invito yo.
Lo malo, como muy bien me dijo hace poco un amigo, es que le haya cogido el gusto y la semana que viene vuelva a por lo del pan y la leche.
Hoy ha sido el colmo. Sobre las 13:40, hallándome ya absorto en el lento transcurrir de los minutos, aparece un cliente con gesto serio, muy serio.
Ante mí pone un extracto de cuenta, donde ¡oh dioses inmisericordes! aparecía en concepto de liquidación, asómbrense, 0,02 céntimos causados por un pequeño descubierto en cuenta. Con el aspecto de parecer absolutamente cuerdo en sus gestos y lenguaje (bueno, eso a medias, que era extranjero y apenas sabía español), me indica que su religión le prohibe pagar intereses, por tanto es totalmente imprescindible que le devuelva los dos céntimos, o se verá abocado a una eterna y desagradable eternidad. Hoy la mañana había sido aburrida, y mira por dónde, tenía ante mis narices la oportunidad de reírme por dentro, con lo que a mí me gusta eso, y encima me iba a salir barato.
Saqué los dos céntimos de mi bolsillo, ya lo hacía hasta con estilo, y se los entregué, no sin antes solicitar su firma al pie del siguiente escrito:
Yo, D. Tal y Cual, he recibido del banco X la nada despreciable cantidad de 0,02 céntimos por la cual quedo, de momento, exonerado de cualquier venganza divina posterior a mi óbito, ya sea terrenal, celestial o inframundial, debida al espantoso incumplimiento del deber de no pagar por deber.
Atentamente,

Y en el cajón tengo el papel firmado.

martes, 15 de enero de 2008

Peticiones del oyente

A veces me pregunto qué hace la gente en sus horas libres, y no me refiero a sus hobbys u ocupaciones, sino a sus pensamientos, sus elucubraciones y maquinaciones. Porque hay algunas peticiones que no pueden ser producto de un razonamiento espontáneo o una sugerencia lógica.

Hoy mismo un cliente, aparentemente normal, entra en la oficina, se dirige con paso firme a mi mesa y me dice:

-Meta inmediatamente un billete de 20 euros en el cajero que me hace falta.
-Perdone, caballero, hasta que no nos sirva la empresa de seguridad el dinero, eso será imposible.
-Pues le pondré una denuncia, porque yo quiero mis 20 euros y usted está obligado a facilitármelos.
-Muy bien, pues diríjase al puesto de caja y solicite un reintegro al compañero.
-No, tiene que ser del cajero.
-Le aseguro que los del cajero y los de la ventanilla son expedidos por la fábrica nacional de moneda y timbre.
-Menos cachondeo y meta el billete para que lo pueda sacar.
-Y me puede explicar por qué no puede sacarlo por caja?
-Porque colecciono los recibos de los cajeros, y su compañero no me lo va a dar.

Vale, surrealista pero cierto. Por supuesto no hice lo que me pedía, no sacó el dinero por ventanilla y me temo que el recibo del cajero le faltará en su gratificante colección.

Esto me hace recordar hace unos años, cuando aún había pesetas (qué nostalgia, qué melancolía), cuando tuve una petición similar.

Un cliente joven, bien situado, con un empleo especializado, extrajo también de cajero cinco billetes de 2000 pesetas. Con una grave expresión de indignación, se dirigió a mí:

-No quiero estos billetes, quiero billetes nuevos.
-Preguntaré a mi compañero si tiene el caja, un momento. (En principio no me extrañó, la gente quiere billetes nuevos en sobres nuevos como regalo de bodas para novios nuevos, qué redundancia).
-Lo siento, pero no tenemos en este momento billetes nuevos.
-Pues exijo billetes nuevos, por eso lo he sacado del cajero.

Tras ciertos intentos sin éxito por mi parte de averiguar el motivo de tan insistente petición y colmando mi agotable paciencia, le respondí:

-Siento no poder complacerle, no tenemos billetes nuevos pero cursaré una petición a Banco de España de una máquina que nos permita imprimirle los billetes; un cliente satisfecho, un deber cumplido.

Ni que decir tiene que se fue derecho al despacho a dar queja sobre mi contestación, que dicho sea de paso, fue acompañada de la mejor de mis sonrisas. Al fin y al cabo, el cliente sieeeempre tiene razón.

Otro día, no sé si antes o después, cometí el imperdonable error de ausentarme dos minutos para comprar una inocente barra de pan. A mi vuelta, los rostros de los clientes se volvieron hacia mí, con una muda súplica en sus ojos. La cara del gestor que estaba sustituyendo al cajero era un poema a la desesperación, la de Pili estaba compungida en una mueca, y desde el despacho salían gritos inhumanos.

Jose Antonio desde la caja me decía: "lo siento, es que yo no puedo abrir la puerta en esas condiciones", Pili mascullaba "menudo salvaje" y yo tenía un ¿eing? constante en mis labios.

Los hechos se sucedieron de la siguiente manera: un cliente de otra oficina quiso entrar por la esclusa compañado de dos rottweilers, según testigos objetivos, de unos quinientos kilos cada uno. Debido a las cadenas que portaban ambos canes, el detector de metales chillaba histéricamente, y mi compañero, juiciosamente, no facilitó la entrada. El hombre dejó a los perros fuera, y volvió a entrar, esta vez con éxito. Bah, no fue nada, sólo amenazó a todo el personal de la oficina y a los incrédulos clientes con lanzarles sendos especímenes directos al cuello en el próximo encuentro que tuvieran por la calle. Total, para que les seccionara la yugular, y una vez puestos a morder, sacarles las tripas. A los compañeros por no abrir, y a los clientes por los aislados e unánimes comentarios de "cómo pretende entrar con esos perros". Una vez atento a los gritos del despacho que aún no se habían humanizado, decidí poner fin a tan trágica escena, o sea, llamé a Benito, el policía de barrio, ya, a fuerza de roce, mi gran amigo.
Al final todo se quedó en una simple petición del cliente: "O la próxima vez me dejan pasar con los perros o tenemos una desgracia"

Y esto es una simple muestra, no se vayan todavía... aún hay más...