martes, 15 de enero de 2008

Peticiones del oyente

A veces me pregunto qué hace la gente en sus horas libres, y no me refiero a sus hobbys u ocupaciones, sino a sus pensamientos, sus elucubraciones y maquinaciones. Porque hay algunas peticiones que no pueden ser producto de un razonamiento espontáneo o una sugerencia lógica.

Hoy mismo un cliente, aparentemente normal, entra en la oficina, se dirige con paso firme a mi mesa y me dice:

-Meta inmediatamente un billete de 20 euros en el cajero que me hace falta.
-Perdone, caballero, hasta que no nos sirva la empresa de seguridad el dinero, eso será imposible.
-Pues le pondré una denuncia, porque yo quiero mis 20 euros y usted está obligado a facilitármelos.
-Muy bien, pues diríjase al puesto de caja y solicite un reintegro al compañero.
-No, tiene que ser del cajero.
-Le aseguro que los del cajero y los de la ventanilla son expedidos por la fábrica nacional de moneda y timbre.
-Menos cachondeo y meta el billete para que lo pueda sacar.
-Y me puede explicar por qué no puede sacarlo por caja?
-Porque colecciono los recibos de los cajeros, y su compañero no me lo va a dar.

Vale, surrealista pero cierto. Por supuesto no hice lo que me pedía, no sacó el dinero por ventanilla y me temo que el recibo del cajero le faltará en su gratificante colección.

Esto me hace recordar hace unos años, cuando aún había pesetas (qué nostalgia, qué melancolía), cuando tuve una petición similar.

Un cliente joven, bien situado, con un empleo especializado, extrajo también de cajero cinco billetes de 2000 pesetas. Con una grave expresión de indignación, se dirigió a mí:

-No quiero estos billetes, quiero billetes nuevos.
-Preguntaré a mi compañero si tiene el caja, un momento. (En principio no me extrañó, la gente quiere billetes nuevos en sobres nuevos como regalo de bodas para novios nuevos, qué redundancia).
-Lo siento, pero no tenemos en este momento billetes nuevos.
-Pues exijo billetes nuevos, por eso lo he sacado del cajero.

Tras ciertos intentos sin éxito por mi parte de averiguar el motivo de tan insistente petición y colmando mi agotable paciencia, le respondí:

-Siento no poder complacerle, no tenemos billetes nuevos pero cursaré una petición a Banco de España de una máquina que nos permita imprimirle los billetes; un cliente satisfecho, un deber cumplido.

Ni que decir tiene que se fue derecho al despacho a dar queja sobre mi contestación, que dicho sea de paso, fue acompañada de la mejor de mis sonrisas. Al fin y al cabo, el cliente sieeeempre tiene razón.

Otro día, no sé si antes o después, cometí el imperdonable error de ausentarme dos minutos para comprar una inocente barra de pan. A mi vuelta, los rostros de los clientes se volvieron hacia mí, con una muda súplica en sus ojos. La cara del gestor que estaba sustituyendo al cajero era un poema a la desesperación, la de Pili estaba compungida en una mueca, y desde el despacho salían gritos inhumanos.

Jose Antonio desde la caja me decía: "lo siento, es que yo no puedo abrir la puerta en esas condiciones", Pili mascullaba "menudo salvaje" y yo tenía un ¿eing? constante en mis labios.

Los hechos se sucedieron de la siguiente manera: un cliente de otra oficina quiso entrar por la esclusa compañado de dos rottweilers, según testigos objetivos, de unos quinientos kilos cada uno. Debido a las cadenas que portaban ambos canes, el detector de metales chillaba histéricamente, y mi compañero, juiciosamente, no facilitó la entrada. El hombre dejó a los perros fuera, y volvió a entrar, esta vez con éxito. Bah, no fue nada, sólo amenazó a todo el personal de la oficina y a los incrédulos clientes con lanzarles sendos especímenes directos al cuello en el próximo encuentro que tuvieran por la calle. Total, para que les seccionara la yugular, y una vez puestos a morder, sacarles las tripas. A los compañeros por no abrir, y a los clientes por los aislados e unánimes comentarios de "cómo pretende entrar con esos perros". Una vez atento a los gritos del despacho que aún no se habían humanizado, decidí poner fin a tan trágica escena, o sea, llamé a Benito, el policía de barrio, ya, a fuerza de roce, mi gran amigo.
Al final todo se quedó en una simple petición del cliente: "O la próxima vez me dejan pasar con los perros o tenemos una desgracia"

Y esto es una simple muestra, no se vayan todavía... aún hay más...

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