sábado, 22 de diciembre de 2007

Obras maestras de ayer y hoy

Todos los bancarios sabemos que una de las peores cosas que puede suceder en la oficina es que decidan hacer obras. A la constante tensión ya habitual, hay que sumar el polvo, los ruidos, los cascotes, las tablas en el suelo, los agujeros, etc. etc. Aunque algunas veces los señores pensantes del departamento de inmuebles saben hacerlo aún mejor. Y me los imagino como pequeños troles cabrones ideando cómo hacértelo pasar peor, arguyendo sutiles planes para llevar la paciencia y el sufrimiento a límites insospechados.

Mi primera obra fue en el mes de agosto, decidieron remodelar por completo la oficina, techos, suelos, paredes, mobiliario, disposición. Todo.

Y por supuesto el recinto de caja.

Y como mandan los cánones de seguridad, hubo que improvisar un nuevo recinto auxiliar y ¿qué se les ocurrió a los ptc (pequeños troles cabrones)?Pues sencillo: colocaron en medio del patio de clientes, al lado de un gran ventanal por donde entraba el sol toda la mañana, una antigua taquilla de metro, de hierro, pequeña, sin ventanas, con techo y por supuesto sin aire acondicionado (ni siquiera funcionaba el de la propia oficina). Y pensar que hay gente que paga por una sauna... Aún tengo bajo el nivel de toxinas de todas las que pude perder durante el mes que pasé sudando hasta la deshidratación. De vez en cuando tenía que salir durante unos segundos y boquear como los peces para evitar el desmayo. Qué maravillosa experiencia...

La segunda obra que pasé fue más cómoda, menos calurosa pero muuucho más escatológica. Al lado de mi mesa se encontraba la arqueta por la que discurría todo aquello que bajaba por las tuberías del edificio. "Todo aquello". Dos veces tuve que padecer los desatascos, y a la tercera fue la vencida. Los nunca bien pagados poceros, esta tercera vez, procedieron a insertar gomas en aquel agujero inmundo para ejercer presión sobre el atasco y deshacerlo, pero el efecto fue inverso. La presión hizo que al exterior saliera "todo aquello", salpicando muebles, ordenadores, techos, paredes, suelos, papeles, poceros incluso. Y ante semejante e antihigiénico despropósito no hubo más remedio que abrir una zanja de metro y medio de profundidad , unos cuatro de longitud y un metro de anchura. ¿Y dónde? Obvio, al lado de mi mesa. Según el Feng Shui, tener en tu entorno una fuente, cascada, río etc. hace que fluyan buenas energías, bueno, pues no eran precisamente buenas energías lo que fluía por aquella zanja; mejor no digo más, aún me conmueve profundamente en mis entrañas el recuerdo de aquel escatológico mes. (Disculpen, voy a vomitar un poco).

Y ahora llega el momento de la Gran Obra, proyecto digno del mismísimo Imhotep, con un altísimo presupuesto, gran dotación obrera, ingentes cantidades de material y sin claras expectativas de finalizar a corto plazo. Están cambiando el suelo y los azulejos de los dos mínimos baños, cuyo espacio se reduce al exclusivamente necesario para una taza y un lavabo. Las obras comenzaron exactamente hace un mes, en ocasiones ejecutadas hasta por tres profesionales, han puesto el mismo azulejo para el suelo y las paredes, el suelo está colocado sobre el anterior, los panes de cemento tras los azulejos antiguos, han sido tapados por delgadas láminas de pladur, sobre las que se han colocado los nuevos azulejos, el techo no se pintará (casi mejor, rompe la monotonía cromática del blanco de suelos y paredes), y por supuesto los saneamientos serán los viejos, perdón, antiguos, porque estimo que un objeto que supera los cuarenta años ya merece la categoría de antigüedad. Haciendo una excepción, los ímprobos albañiles han roto una de las tazas y tengo mi confianza puesta en que alguien con dos dedos de frente entre los ptc, decida autorizar en un magnánimo gesto de empatía el coste de una nueva. Y en cuanto al presupuesto, ni lo menciono por una simple cuestión de pudor.

Pero, ¿quién sabe?, siempre he sido hombre de poca fé, y quizá, cuando acaben las obras (no saben darme fecha, ni siquiera mes arriba, mes abajo), el resultado sea tan deslumbrante que tenga que comerme mis propias ironías. Que va a ser que no... mi intuición y mis dotes de medio brujo me hacen sorpenderme siempre menos de lo que quisiera.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Broncas (Hit Parade)

De todos es sabido que el cliente siempre tiene la razón. De todos es sabido que el cliente casi nuuuuunca tiene razón. De todos es sabido que estamos para lo que los clientes manden (y no hay manera, no mandan ni un jamón, ni un lomo pata negra... nada). Pero de todos es sabido que a pesar de nuestra bancaria paciencia infinita, a veces el demonio humano que habita en nosotros se descontrola. Vaya, que se nos calienta la boca.

Al principio fui mesurado, no "entraba al trapo" con facilidad. Prefería ignorar los insultos y seguir atentiendo con mi gran sonrisa al siguiente cliente. A esto le llamo yo apaciguamiento por aburrimiento. Se cansan de insultar y se van. Que me llamaban sinvergüenza, pues yo a callar, que me llamaban ladrón, yo a sonreír. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Pero al igual que la capacidad de asombro no tiene límites, la capacidad de aguantar humillaciones y vejaciones no sólo sí los tiene, sino que la rapidez de su agotamiento es directamente proporcional al número de insultos recibidos. Cada insulto rellena el doble que el anterior.Recuerdo aquel bello día de marzo, último sábado que trabajábamos al fin ese semestre...

Era una arapahoe redomada (ara, pa joé, llego un minuto antes de cerrar) porque quería sacar dinero con una tarjeta de una caja, no recuerdo cuál, y la banda magnética estaba estropeada. Se le indicó que nada podíamos hacer porque no era de nuestra entidad. En viendo sus fosas nasales dilatarse hasta extremos no humanos, hicimos el esfuerzo de llamar al teléfono de 24 horas de SU caja de ahorros. Nada que hacer. Entonces se le ocurrió una maravillosa opción, que le dejáramos sacar el dinero de una cuenta de nuestro banco que alcanzaba la nada despreciable cifra de 0,29 céntimos, y sin movimientos desde seis meses atrás. Pues... va a ser que no, oiga. La amplitud de sus fosas nasales iba in crescendo en consonancia con su cabreo. Mientras, la caja se cuadraba, en los ordenadores se hacía cierre ordenado, el cuadro de luces quedaba apagado, los compañeros se iban a su casa deseándonos suerte... y allí, en medio de la oscuridad de la oficina, amablemente le ofrecíamos irse al guano, pero en fino. Pues nada, Celia y yo secuestrados en nuestra oficina por una loca con las narices como un mihura. Celia, en su status de directora, hacía lo que tantos y tantos cursos de formación le aconsejaban, paciencia, no gritar, mostrarse razonable, etc.
Y yo, en mi esquina, apoyado, con la gabardina puesta y el paraguas de golf en la mano, miraba absorto la escena, pasando la mirada de aquel ser inhumano de indescriptible rostro al reloj de la pared que anunciaba con su tic tac que algo iba a ocurrir, y de momento ese algo no era irme a casa.

"Hijos de (lumi, hetera, mala madre, mujer de vida disipada, meretriz, etc. eufemismos varios, vaya) no me voy hasta que no me déis dinero, y de aquí no se mueve ni dios" exclamaba una y otra vez en medio de una serie continua y repetitiva de exabruptos y sinrazones. Pero yo ya veía los minutos, sí, los veía a mi alrededor engordando el ambiente, espesando el espacio. Las dos de la tarde... las dos y diez...las dos y media... Mi ya de por sí mermado fin de semana que sólo se reduce al domingo, estaba siendo reducido cada vez más y más y más y más; de momento ya le había regalado al taurino contrincante una preciosa hora.

Me despegué de la pared, atravesé la nube de minutos como en un sueño, me puse delante de ella, alcé el paraguas sobre su cabeza, saqué la mejor de mis sonrisas y con una voz dulce y suave le hice un pequeño comentario: "Mira, tía loca, o sales de aquí pitando o te juro que te hago una brocheta con el paraguas". Bien, por fin, el triunfo de la razón. Escoltada por mi humilde persona y mi arrogante paraguas, salió por la puerta rauda y veloz.

Desde entonces miro a los paraguas con gran respeto, y si son de golf, hasta con cierta veneración.

Pero hoy, sin mediar instrumento mágico externo alguno, los efectos han sido bastante parecidos. Extranjera, peruana para más señas, mal encarada, de ceño impenitentemente fruncido, se acerca con su acompañante a la ventanilla de caja, por encima del cristal blindado arroja un papel con una transferencia hecha desde la oficina a Perú con gesto de displicencia y cierto asco. Cosa extraña, he de decir; estoy acostumbrado a atender extranjeros y suelen ser bastante más amables y considerados de lo que la mayoría cree. Pero en fin, extrañado por el comportamiento, mantenemos un intento de entender el por qué del gesto y explicar el por qué de la incidencia, pero nada, acabó obsesionándose porque yo era un inútil y no sabía hacer esa operación (¡Dios mío, al menos veinte por semana, ninguna incidencia y ahora resulta que no sé!). De forma sutil iba dando punzaditas en mi ego y mi mala leche que acabaron escociendo, y sin saber por qué, tras dos centímetros de cristal blindado, se me ocurrió medio susurrar entre dientes, mascullando, que ya hay que tener oído para captar algo dicho así, una absurda palabra, quizá dictada por mi subsconsciente que veía las gotitas de saliva salir disparadas entre insultos hacia el cristal. "Babosa", le dije.¡ Qué cambio, qué transformación! Se vino abajo como una gelatina en el microondas, toda su arrogancia, su mala educación se arrugaron y con gesto de sorpresa y humillación y algo de dolor en el orgullo, me preguntaba "¿qué me ha dicho, qué me ha dicho?". Mi mente fue rápida y le dije: "que voy a hacer UNA COSA, llamar a ver si hay incidencia". "De acuerdo, si le dicen algo, por favor, sea tan amable de llamarme", me respondía con una educación hasta ahora en ella insólita.

Increíble la fuerza de las palabras. Sorprendente.

martes, 4 de diciembre de 2007

Los jefes... esa especie que nunca se extingue

Pili me ha pasado estas pequeñas memorias.

Durante todos estos años he tenido jefes de lo más variopinto, buenos jefes, malos jefes, jefes que no tendrían que haber sido jefes, jefes que querían ser más que jefes. Vamos a ver si soy capaz de recordarlos a todos (son muchos, buen ejercicio para la memoria).

Adolfo: Mi primer interventor, el saber hacer y el buen humor su bandera. El me enseñó en mis primeros pasos por el banco y se rió de mí una jartá (palabras suyas). Y yo con él, sus chistes han sido los mejores que he oído nunca. Me decía "quilla, que tú vales mucho, ¿qué leches haces en este banco?" Pues de todo, señor mío, a estas alturas hasta he aprendido fontanería.

Carlos: Mi primer director. Este era un poco mosca cojonera, me ponía trampas para darme la gran llorera. Cuando no me faltaban dos millones de pesetas, me llamaba el jefe de personal en persona (infinita redundancia) o había decidido que era la culpable de una estafa. Dios, qué sinvivir.
Ernesto: Segundo director. Este se bebía hasta el agua de los floreros, sin miedo al despido, siempre estaba colocado. En mi puesto tenía una hoja con todos los teléfonos de los bares cercanos, era imposible no localizarlo (sus agencias satélites las llamaba) Pero una gran persona y un gran amigo. Ernesto, donde estés que seas feliz y que San Miguel te haya puesto un grifo de cerveza para toda la eternidad.Ismael: ¿Interventor? La única persona a la que de verdad he odiado en mi vida. No merece más mención.

Antonio: Director, perla rara en este oficio porque no sólo hablaba de banca. Es más ¡ se atrevía con la astronomía la filosofía y la física cuántica! Aún recuerdo su voz, su risa, sus ánimos inquebrantables, su alma buena. Espero que estés con Ernesto y que no sea tan egoísta como para no pasarte alguna caña de vez en cuando.

Juan María: Interventor. Este merece tres blogs. Mi gran maestro, mi referente de citas, mi gran amigo. Suyas son las frases que me abrieron camino en la banca: "A la mujer y al papel hasta el culo le has de ver" (Ya le vale). "No pasa nada y si pasa se le saluda". "Cuando te entren ganas de trabajar siéntate y espera que se te pasen" y otra sarta de sentencias de gran sabiduría. Fue la mejor época, ¡hasta iba contenta a trabajar!. A él no le echo de menos, cuando menos me lo espero parece vestido de alguna increíble guisa para tomarnos un laaaargo café.

Alonso: Interventor. Llevó a mi vida el misterio y el enigma. Cuando pasaba mucho rato sin verlo, el enigma y el misterio eran: ¿A que le ha dado otro ataque al corazón y está descorromoñao encima de la mesa de juntas? Sus extrañas desapariciones eran dignas de un reportaje de Jiménez del Oso. El gran Houdini de la banca, se escapaba y nadie sabía cómo.

Pedro: Director. Entre sus grandes hazañas está la de meternos un clan gitano con escopetas en la oficina diciendo que iban a hacer un estropicio y sin mala conciencia ¿eh?. Aún tengo pesadillas con la posibilidad de aquellas blancas paredes manchadas de sange. Aggggg.

Luis: Interventor. Era como una lechuza, nadie ni nada escapaba a su mirada. Todo absolutamente controlado. Increíble, porque siempre tenía los ojos en el periódico. Siete horas de periódico diarias, siempre pensamos que se iba a presentar al Guiness como la persona que más noticias se sabía de memoria.

Javier: Director. Un pedazo de pan, una excelente persona. Pero... cuando cogía la cintura de su pantalón y se la subía hasta un palmo por debajo de la axila, nos escondíamos porque sabíamos que estaba próximo el advenimiento del gran tsunami de su mala leche reconcentrada. Excelente jefe.

José Miguel: Director. El mayor bromista que he conocido. Había que andar con cien ojos con él, porque tan pronto ponía la alarma a mitad de la mañana para darnos el susto padre, como metía de música ambiental canciones de los Mojinos Escocíos. Repartío motes y los usó de tal manera, que inconscientemente nos llámabamos entre nosotros y ante la incredulidad de los clientes "El Membrillo", "El Carahuevo", "La Chatarras", "El Nosferatu", etc.

Vicente: Director. El "nervios". Consiguió alterar hasta a la fotocopiadora. Corrió mucho para no llegar a ninguna parte. Bueno, sí, al convencimiento de que hay que trabajar para vivir, no al contrario. He de confesar que fue blanco de mis bromas, que fueron muchas y por cierto, muy buenas. Y él ha de reconocer que le aliviaron en gran medida el estrés. A pesar de los desencuentros, amigos.

Fernando: Director. Buena complicidad, buen rollo, buen humor, muchas risas. Eres un gran profesional y sabes disfrutar (jejeje, qué envidia te deben tener algunos).

Celia: Directora. L´enfant terrible. Descarada, franca, sincera, se ríe de su sombra, no se calla ni debajo del agua, sobre todo "si no tiene el chichi para farolillos". Nos juntamos el hambre con las ganas de comer.

Y no se vayan todavía... aún hay más.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Días Negros

Así es como llamo a esos días que intuyo desde que me levanto. La opción racional es no hacer caso a esa intuición y confiar en que sólo es una manía. La opción no racional en este caso siempre es la mejor y la que nunca sigo: darse media vuelta en la cama, taparse hasta las orejas y no salir ni a asomarse a la ventana.

Pero como ya he dicho, no la sigo, así que éste fue un día negro.

7:15 a. m. Golpe trasero en el coche. No fue mucho, pero asustó. O bien sin saberlo fui parte de un nuevo experimento Filadelfia que me volvió invisible, o bien este buen señor tuvo un despiste del carajo.

8:00 a.m. Comienzan las obras en la oficina con las molestias normales, ruido, polvo, etc. Hasta que se cargan el router y se vienen abajo todos los ordenadores.

8:30 a.m. No se abre la caja fuerte.

9:00 a.m. Cinco clientes gritando porque no hay dinero para sus reintegros.

9:30 a. m. A pesar de tener la oreja fría intentando oír los relojes del retardo.Ni un leve susurro, la caja no se abre.

10:00 a.m. Salgo raudo y veloz a otra oficina a buscar algo con lo que contentar a las hordas hambrientas de billetes.

10:15 a.m. Me pierdo.

10:20 a.m. Sigo perdido, me desespero, me encuentro.

10:25 a.m. NO encuentro aparcamiento cerca de la oficina.

10:35 a.m. Aparco en el parking cercano de un centro comercial donde Cristo dió las tres voces.

10:55 a.m. Por fin salgo con el dinero, cojo el coche, siento la extraña sensación, casi certeza, de un intento de asalto en el parking subterráneo, me chupo un inexplicable atasco de tres pares, llego a mi oficina, NO encuentro aparcamiento.

11:10 a.m. Mi jefe me hace la ola, y me dice que estaba a punto de poner un pregón. Mucho cachondeo y muchas ganas de morderle un ojo.

11:20 a.m. Los insignes albañiles se cargan la instalación eléctrica. A la mierda el fax, los ordenadores y la radio, mi querida radio snifffffff.

11:45 a.m. Nos quedamos sin teléfonos.

12:00 ¿a.m. o p.m.? El dolor de cabeza me taladra los sesos, ni siquiera veo bien.

12:10 p.m. Aparece un cliente conocido, le pregunto ¿tienes prisa? No, contesta. Pues vámonos, le indico.

12:25 p.m. Después de convencer a mi amigo de que teníamos que ir a un bar determinado (no, yo no tenía buenas intenciones, quería ir a ver al dueño del bar a colocarle un par de operaciones de conveniencia) y dar más vueltas que un tonto para encontrarlo, el bar estaba cerrado.

12:30 p.m. Encontramos una cafetería aparente, tomamos un refresco, le invité a un Ibuprofeno que rechazó amablemente y hablamos sobre el sentido de la vida (juas juas).

12:45 p.m. De vuelta en la oficina, nada más aposentar mis posaderas en mi sagrada cátedra, el jefe con cara de malos humos sale de su despacho para decir: "La próxima vez no tardes tanto que hay mucha gente", y sí, había mucha gente en ese momento que supongo que oyó perfectamente la amable indicación. Sopesé contestar delante de esa improvisada y agradecida asamblea de oyentes, pero decidí callar, tragarme la mala leche que me hinchaba cual chinche y seguir aguantando, ya llegaría el momento.

13:00 p.m. El compañero de ventanilla, como San Pedro, por tres veces me negó. Fue a discutir, y fuerte, con el cliente con más dinero de toda la oficina. Sí, ya sé, es nuevo, no conoce a los clientes, no me conoce a mí, pero estoy mal acostumbrado. Con una mirada, un gesto, normalmente entienden que hay que callar, que me lo dejen a MÍ. Por TRES veces le mandé callar, por TRES veces siguió despotricando, por miles de veces se me pasó por la cabeza la frase: "Voy a cancelar mis cuentas".

13:20 p.m. Tengo que mediar entre dos clientas enzarzadas por un "quítate ya de la mesa que llevo esperando quince minutos a que me toque". Acabaré poniendo una tira de números como en las pescaderías. Qué triste.

13:59:59 p.m. Cierro la puerta de entrada, y nada más volver la espalda, oigo esos golpes metálicos y salvajes en el agarrador que me eneeeeeeerrrrrrrvan. "Oiga, que por mi reloj falta un minuto" "Pues señora, por el mío no, y es el que manda, así que será que he abierto un minuto antes" "Pues esto no va a quedar así" Sí, señora, queda así cerrado a cal y canto, que ,como dice una compañera (aunque para mí no sea la frase más acertada) hoy ya no tengo el chichi para ruidos (o farolillos, tiene las dos versiones).

La hora siguiente fue de mayor quietud y de mayor lentitud, el tiempo no pasaba, las tres no llegaban, el dolor de cabeza seguía y seguía. A las tres en punto, no era día para demorar, tomé una bocanada de aire fresco justo en la puerta, me apresuré al coche, puse un cd de ACDC (qué raro suena), grité lo que me dió de sí la garganta y puse rumbo a mi casa, mi refugio, mi hogar, mi cuartel de invierno (y de verano... bueno, de toda estación). Una vez en casa, salí del modo bancario y me puse a pensar, absorto y triste, mientras miraba a mi perro en cuánto me desconciertan los gatos...

jueves, 22 de noviembre de 2007

Obituario

Dice un viejo refrán que al que cuece y amasa, de todo le pasa. Pues tanto tiempo amasando y cociendo, con toda suerte de situaciones me he llegado a encontrar, y ésta es una más, eso sí, impresionante y triste.
Como todas las mañanas llegaba yo a eso de las siete y media de la mañana, aún oscuro, a las inmediaciones de la oficina. Como siempre acechando cual felino, porque tengo la extraña sensación de que lo del "Atraco del madrugador" no es ni leyenda urbana ni mitología bancaria. Es más bien una triste realidad a la que los madrugadores nos enfrentamos a la hora de la solitaria entrada.
Pues bien, aquel día repartí mi mirada para observar que sólo había dos personas en las cercanías de la puerta, una de ellas en el cajero automático y la otra sentada en un banco, posiblemente esperando que vinieran a recogerlo para ir a trabajar.
La mañana se desarrolló como es de esperar, clientes molestos, clientes enfadados, clientes cabreados, y así un largo etcétera de modulaciones en la escala de sentimientos de nuestros siempre agradables y no del todo apreciados clientes.
A las diez de la mañana, la parca y su fatal anuncio hicieron acto de aparición en la oficina en forma de simpática y dicharachera clienta. Después de realizar las gestiones que consideró oportunas (siempre son demasiadas en mi modesta opinión, cómo le gusta a la gente jugar a bancos), cual enviada del Hades, me dijo:
-Tú no has visto lo que tenéis en la puerta, ¿verdad Pakito?
-Pos no, contesté yo estirando el cuello para atisbar cualquier cambio en el umbral y alrededores.
-Tenéis un muerto.
Mi mente repasó en cuestión de segundos todos las acepciones de la palabra "muerto" disponibles en mi mermada memoria. Por cierto, qué bien me vendría un back up y un resteo, la de megas ocupados por chorradas inservibles que tengo ahí dentro. Abrí archivos, carpetas, subcarpetas en mi registro linguístico para llegar a la conclusión de que muerto es muerto, o sea no vivo.
-Venga ya, no fastidies. (Respuesta original donde las hayas, qué dominio del vocabulario)
-Que sí, que sí, sentado en un banco.
Ahí mi cámara subjetiva me mostró un macabro flashback de la imagen matutina del obrero sentado en el banco tranquilamente. Y tan tranquilo que estaba, ni un nervio. Es decir, no esperaba ir a trabajar, la cita había terminado y había sido con la mismísima Moira.
Y pasó a relatarme que el descubrimiento había sido hacía apenas unos minutos por parte de mis vecinos del banco de la competencia que habían visto extraño que el hombre no cambiara de postura. Está claro, los bancarios somos especie sujeta a extraños sucesos, sea cuál sea la subespecie a la cual pertenezcan.
A partir de ese momento, todo eran idas y venidas de Jose, el compañero de ventanilla, que movido por un extraño y nada previsible morbo, nos daba puntual información cada cinco minutos de las maniobras policiales y sanitarias, así como de la última hora de los improvisados reporteros callejeros que no se ponían de acuerdo si era un hombre de color, un vecino "falto" de la calle no sé qué, en si el mp3 que llevaba seguía funcionando o que si el momento fatal llegó de madrugada o a primera hora de la mañana.
Entretanto el director estaba en sus quehaceres diarios de escuchar la sagrada y habitual bronca telefónica de su director de área, compartiendo experiencia con algunos otros directores. La policía hizo acto de aparición para requerirnos las cintas de las cámaras de seguridad, momento que aproveché para hacerle partícipe del cotilleo del día. El, incrédulo, sólo pudo decir a través del auricular "Lo siento, he de retirarme, está aquí la policía. Se nos ha muerto un hombre en la puerta". Al parecer el director de área hizo partícipe de su desagrado al resto de directores oyentes con un "nada, que nunca podemos terminar una conversación a gusto". Y es que hay gente que no tiene consideración ni sensibilidad, mira que ir a morirse allí mismo con un despacho de directores en ciernes.
Pero he de decir a favor de este gran jefe, que más tarde demostró su inquietud y preocupación, cuando preguntó a un compañero: "No sería cliente, ¿no?. Y si lo era, no sería moroso." Siempre me gustó la gente empática.
Y se acabaron las ironías. Aproximadamente a las once, salí a tomar mi consabido y estimulante café. No es que no pudiera evitar el mirar, sino que la escena estaba ante mí, no se podía huir de ella. Ya habían desaparecido todos los policías excepto uno, que aguardaba estocaimente la llegada del forense, y se mantenía a varios metros del hombre, fuera del gran perímetro acordonado. Y en medio de aquel vasto páramo, el hombre seguía sentado oyendo sin escuchar la música de su Mp3, con la cabeza apenas tapada. Su familía aún creería que estaba en su trabajo, riendo chanzas de compañeros, quejándose de sus jefes o empecinándose en mejorar su labor. Alrededor, los curiosos bromeaban, suponían, teorizaban, o simplemente hablaban de cualquier otra cosa.
Si alguna vez tuviera que pintar la soledad, sé perfectamente cómo sería el cuadro.

lunes, 19 de noviembre de 2007

El Safari

- Perdone, ¿es ahí el coto privado de caza? ¿Quedan plazas para caza mayor? JAJAJAJAJAJAJA
- Menos cachondeo con el temita, a ti me hubiera gustado verte.
Así empezaba esta mañana la conversación con un compañero que al parecer se encontraba un poco desocupado y me encontró a mí como divertimento.
Y es que la semana anterior tuvimos safari en la oficina. Una pasta lo que nos ahorramos sin ir a Kenia y con las mismas emociones fuertes. El lunes como cada mañana, llegué a las siete y media, esperando la misma rutina, pero algo había cambiado. Parecía que había pasado un ciclón, papeles por el suelo, objetos tirados por todas partes, y lo más sospechoso eran los "conguitos" que había por los rincones y la losa del techo de escayola desparramada en trozos detrás de mi sillón. Era obvio, me estaban observando desde la oscuridad algunos pares de ojos. Ratas.
Para cuando llegó el director yo ya había aporreado puertas, había puesto la radio a todo volumen y con una pizca de resquemor había mirado por todas partes. El enemigo estaba oculto en alguna parte, acechando, pero estaba. Según iban entrando los compañeros en la oficina se les iba dando puntual parte de las nuevas incorporaciones de la plantilla. ¡Qué desagradecidos! A ninguno le gustó la ampliación de personal. Así pasamos el primer día.
El segundo día se repitió el mismo escenario, con alguna variante: los enormes agujeros que habían aparecido en algunas paredes. Además nuestros visitantes habían hecho saltar las alarmas la noche anterior, menuda juerga habían montado. A última hora de la mañana, un chillido sobrecogedor rompió el monótono murmullo habitual. Y tuvo que ser Lucía quien viera la rata entrando al archivo (si hubiera ido a archivar los montones de contratos pendientes, seguro no hubiera chillado tanto). Y a partir de ahí todo fueron paseos de aquél pedazo de bicho, que tan pronto iba al baño como al archivo, como que entraba en el despacho con más tranquilidad que un cliente cuando va a pedir un préstamo.
El tercer día la sucursal fue cerrada por "causas técnicas". Y sí, técnicamente es que había ratas. Y allí pasé ese día, a oscuras, solo, un par de fantásticas horas, ultimando algunos detalles, recogiendo documentación y alguna que otra cosa (menos mal que el teléfono me distraía de mis fantasmales roedores). Y por fin llegó el rata buster. Yo esperaba una cuadrilla de cazadores con salacots y sherpas como mínimo, pero no, apareció un solo hombre armado de un trípode, una mochila y lo que yo creía unas carpetas.
Y empezó la operación "amos a cazarla". Cual CSI con su pequeña y potente linterna escudriñó cada rincón de la oficina (menos el archivo, eso no lo escudriña ni una legión de espeléologos). Por fin, en el despacho, el señor cazador se encontró cara a cara con la pieza. No puedo decir que se miraran durante instantes eternos a los ojos midiendo sus fuerzas cual inteligentes oponentes, sino que más bien aquello fue un gran portazo seguido de un "¿Pero tú has visto el bicharraco que tenéis ahí dentro?". Mr Matarratas abrió su mochila, sacó una reflex digital más grande que mi monitor y le aplicó un objetivo que parecía el telescopio de Monte Palomar. Yo no sabía si le iba a hacer un book a la rata o si la iba a matar aburriéndola a poses.
Y este señor fue engullido por el silencio, la oscuridad y el hermetismo del despacho. Una hora pasó hasta que aquellos chillidos rompieron la quietud del ambiente y la zozobra de mi curiosidad. Cinco minutos chillando. Murió al fin, pero afónica, seguro. Entre aquellas "carpetas", que resultaron ser cepos adhesivos, aquel cuerpo con alma de bancario era transportado exánime. Tras la peripecia, me fueron mostradas bonitas imágenes digitales donde aparecía aquél hermoso ejemplar. "Hasta me ha dado pena matarla, qué tamaño" Oía yo desde mi incredulidad.
Cuando se marchó, me recomendó una limpieza y desinfección de la oficina, y que no me asustara al ver el estado en que se encontraba el despacho. Ni veinte directores de área en su algidez bronquil hubieran sido capaces de semejante destrozo.
Y ahora, cual ánima temerosa, he unido una nueva rutina a mis habituales quehaceres: contar cuidadosamente las bolsitas de veneno esparcidas con la esperanza de que no falte ninguna.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Vd. perdone, Sr. Atracador. Capítulo 2

Nota: Este blog sólo tiene como fin pasar un buen rato y satirizar las experiencias vividas. El peligro del atraco fue real, sigue siendo real. No pretendo frivolizar cuando hay compañeros de banca y personal de seguridad, que padece secuelas físicas y psíquicas permanentes tras un atraco, compañeros asesinados por estos criminales cuando se encontraban simplemente en su puesto de trabajo, escasamente protegidos por las pésimas medidas de seguridad que en la mayoría de los casos tienen como objeto proteger el dinero, no las personas.
Y ahora sigamos con las peripecias de Lucía:
Tras el atraco, fui llevada por la policía a la comisaría, donde mientras Pakito ponía la denuncia, yo me hartaba de ver fotos en los archivos policiales, hasta que reconocí a mi atracador educado. El otro me costó un poco más (jejeje, soy miope y presumida, lo que no favorece mucho mi deseo de llevar gafas).
Tras unos días fui llamada a una rueda de reconocimiento, como las de las películas, con espejo incluído. En la recepción de la comisaría dos simpáticos policías vestidos de paisano se dirigieron a mí para preguntarme qué deseaba. Les expliqué para qué había sido citada y me indicaron dónde tenía que acudir.
Entré con el sargento y la abogada del acusado en una habitación pequeña con un gran cristal a través del que se veía una sala en ese momento vacía. Esperamos durante unos diez minutos, hasta que me pidieron que mirase por el cristal. En la otra habitación había tres personas, una de ellas mi atracador favorito. No podía creerme lo que estaba viendo.
La abogada sacó una carpeta, un bolígrafo y una grabadora. El sargento me decía que me tranquilizase, que no pasaba nada, que no podían verme, que en ningún momento me sintiera en peligro, que todo estaba controlado, que...Yo no podía oírle, seguía embobada mirando a los tres tipos, intentando que no se notara mi estupefacción.
Y llegó el momento. El sargento me preguntó:
-¿Puede usted identificar al atracador?
-Por supuesto.
-¿Con total seguridad?
-Sí, señor, con absoluta seguridad.
-Y bien, ¿cuál de los tres es el atracador?
-Con absoluta seguridad el atracador es la persona que se encuentra en el centro.
-¿Y por qué está usted tan segura?
-Porque los otros dos son los policías que me atendieron en recepción.
Los gritos del sargento se oían por toda la comisaría. Entró en la sala contigua acordándose de la madre de todo el mundo, gritando como un poseso, cogió de las pecheras a los policías mientras repetía "menudo par de inútiles". La abogada apagó la grabadora y guardó sus enseres entre carcajadas. El atracador fue sacado del habitáculo por un policía uniformado y el sargento aún con las pecheras cogidas de sus compañeros me decía desde la otra habitación con cara de circunstancias:"Lo siento señorita, la rueda es inválida por razones obvias, será citada más adelante".
Si esto fuera un capítulo de la serie de "Los hombres de Paco", parecería una ficción de los guionistas, pero señores, fue real, muy real.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Vd. perdone, Sr. Atracador. Capítulo 1

Era una maravillosa mañana de julio, los pájaros estaban achicharrados de calor, no había quien soportara el sol que entraba por las ventanas y los clientes tenían el malhumor propio de aquél que no para de sudar ni debajo del agua.

Así que todo perfecto. Estábamos esperando unas estanterías metálicas para intentar poner algo de orden en el caos del archivo, que nos aseguraron (jajajaja ilusos) que nos servirían ese mismo día. Sobre la 1 de la tarde apareció un enorme personaje (1,92m) ataviado con el batín azulón propio de los mozos de almacén del banco. Y he aquí que pensé: ¡por fin, las estanterías! Así que le franquée el paso con el pulsador de la exclusa. En ese momento sólo había tres clientes, Lucía en ventanilla y yo. En cuanto entró el sujeto, metió la mano en el bolsillo del batín, e intuí que algo no iba bien porque:


1.- Otro individuo (1,60m más o menos, qué extrañas parejas hace el delinquir) aprovechó la puerta abierta para colarse detrás, increíblemente también echando mano al bolsillo, y

2.- De ambos bolsillos salieron sendas pistolas (eso me hizo sospechar, y mucho)


Después del típico bla,bla, esto es un atraco, bla,bla, quietos paraos, bla,bla... el gigante azulón fue a ventanilla, y desde aquí paso a relatar la extraña experiencia de Lucía. (Excepcionalmente, soy Lucía, lo digo por que se me colará algún error de género, típico de Pakitos)

...Estaba en el recinto de caja, acababa de abrir la puerta de la caja fuerte para guardar el dinero del último ingreso, cuando vi acercarse a un hombre muy alto hacia mí. Pensé que era raro, porque las estanterías tenían que estar en el archivo, pero seguí a lo mío. De repente noté que algo me oprimía la parte baja de la espalda, a un lado, por lo que incrédula miré al tipo y le exclamé :"Oye, guapo, ¿qué leches haces?". A lo que él me contestó algo ininteligible. Tras ver que no me enteraba de nada y que lo siguiente iba a ser un guantazo, me dijo: "Mira lo que tengo ahí". Asombrada y sorprendida por la proposición, miré y pude contemplar una hermosísima pistola negra apoyada sobre mí. En ese momento, si me lo hubiera pedido, hasta el apellido creo que le hubiera dado.


Me preguntó por la pasta, me dijo que no me preocupara, que estuviera tranquila, que nada me pasaría, pero que le diera la pasta. En un segundo contemplé la escena a mi alrededor, el otro atracador fuera apuntando a un cliente a la cabeza y mi nuevo amigo apúntandome a los riñones. Y di gracias a Dios por no tener que esperar los diez minutos de retardo de la caja fuerte.


En realidad era una cámara acorazada, con estanterías en su interior, y en una de ellas, a mi altura, estaban pulcramente colocados y empaquetados los billetes.


El señor atracador entró hasta tres veces sin conseguir encontrarlo, nos empezamos a poner nerviosos, hasta que en el último "que dónde coño está el dinero", entré con él de muy mal humor, él con una pistola en la mano y yo con un bolígrafo, para tener esta surrealista conversación:

Yo.- ¿Es que estás imbécil? ¿No ves que está ahí?

Sr. Delincuente.- ¡Ah, perdona! Es que como soy tan alto no lo veía. Por favor, perdona.

Yo.-No, perdona tú, no debería haberte llamado así.

Sr. Delincuente.- No, tranquila, tengo que pedirte yo perdón, es normal que estés nerviosa.

Yo.-No, perdona, no debería ponerte nervioso yo a ti.

Sr. Delincuente.- No, de verdad, esto no me gusta porque sé que la gente lo pasa mal, perdona, por favor

Yo.- No, lo siento, sé que te quieres ir rápido.

Sr. Delicuente.- Ah, sí, claro, lo cojo y me voy.

Y así hicieron. Luego me preguntaban si lo había pasado mal, si me temblaban las piernas, y yo contestaba que sí, por supuesto.

Mentira: un poco más y quedamos para ir al cine. ¡Qué exquisita educación!

miércoles, 14 de noviembre de 2007

D. Antonio o la fuerza de las palabras

Era abogado, rechoncho, pequeño, con cara de pekinés cabreado. Su imperturbable mal genio hacía invisible todo lo descrito, era su rasgo más definitivo, su marca de la casa.

Acudió a la oficina con su porte habitual, y me dijo:
-Vengo a pagar este recibo.
-Muy bien, D. Antonio. ¿En efectivo o por cuenta?
-¿Está Vd. sordo?
-Pues hoy no, la verdad.
-He dicho que vengo a pagar este recibo.
-Muy bien, y yo le he preguntado si quiere hacerlo en efectivo o por cuenta.
-(Entre dientes) Menudos inútiles hay en este banco...(En tono considerablemente alto) A ver cómo se lo tengo que decir, que qui-e-ro pa -gar es-te re-ci-bo.
-Sí, si uno es lento,quizá, pero no sordo. ¿En e-fec-ti-vo o por cu-en-ta?
-Quiero hablar con dirección, esto no tiene nombre. Es usted un inepto, un cretino, un inculto. Pero, obviamente, un empleaducho de banca como usted no puede en la vida llegar a mis registros lingüísticos. Soy un abogado, un prestidigitador de la palabra y nunca estará a mi altura, exijo como cliente que seleccionen un personal más cualificado para desempeñar este puesto, exijo...
-(Bufando como un toro, con las nariches hinchadas, del tamaño de una manzana) Cierto, cierto D. Antonio, debe usted disculpar a este banco que elige gente como yo, y que provoca que no nos encontremos a la misma altura en el dominio de la lengua. Es por eso, y porque soy licenciado en filología hispánica, que le ruego que a partir de este momento se dirija a mí exclusivamente por escrito.De esta manera podré mantenerme en el registro lingüístico adecuado al suyo, y nuestra comunicación será más efectiva.Incluso mis oídos, más susceptibles de ofenderse que mis ojos, no volverán a pasar por una experiencia como esta de absurdos insultos.

Don Antonio, sorprendido y un tanto humillado, me entregó el recibo para que lo pasara a mi libre albedrío. Desde ese momento, toda nuestra comunicación se redujo a notas con sus peticiones. Sin embargo, mi ego no se hallaba lo suficientemente satisfecho, hasta que un día tuve la oportunidad de alimentarlo, y bien.

En su nota, el leguleyo me solicitaba el ingreso en su cuenta de un cheque bancario, pero no exactamente así expresado. En el mismo papel mantuvimos esta pequeña charla:
"Le pido disculpas por la demora que esto le pueda suponer, pero he de salir urgentemente a la librería más cercana a comprar un diccionario"
D. Antonio: "¿Y eso por qué?"
Yo, Pakito: "He de reconocerle que en esta batalla usted ha ganado. Me quito el sombrero ante su dominio lingüístico. No soy capaz de reconocer, entender o interpretar esta frase : para su habono en cuenta."

Con un gesto que me hizo suponer que se había dado cuenta de su error ortográfico, arrugó el papel y se dirigió al director para que le hiciera el "habono en cuenta". Tuve que esconderme en el archivo hasta que se me pasó la risa... bueno... aún me dura.

Pero en su favor, debo decir que años después cuando volvimos a vernos en otra oficina, me solicitó dirigirme de nuevo la palabra, lo que acepté encantado, y durante los meses que duró nuestra nueva relación comercial, encontré que era una persona afable, de interesante conversación, que toda su apariencia y su comportamiento no eran más que una pose de su oficio, hasta tal punto que me agradeció la lección de humildad.

Pili... quién te ha visto y quién te ve...

Pili es una chica de natural coqueto, como corresponde a la mayoría de las integrantes de su género. Le gusta acudir a su trabajo arreglada, maquillada, con los pelos en su sitio. Pero un día...

Sus ojeras eran de oso panda no criado en cautividad, el colorido cadavérico de su rostro era evidente, el cansancio asomaba incluso en las comisuras de los labios, el pelo era un sainete de las púas de Espinete. Su hijo le había dado una "noche toledana", se había dormido a última hora y por no llegar tarde no pudo maquillarse como ella quiere y manda.

Estaba siendo la peor mañana en mucho tiempo, la longitud de su rebelde flequillo no tapaba las secuelas de una noche de termómetro, dalsy y apiretal a discreción . Así que llegado el momento de su desayuno, tomó una decisión. Salió y contempló el paisaje comercial a su alrededor. El bar de Pepe, el bar de Juan, el bar de Manolo, la panadería de los chinos, la zapatería de saldos, la ferretería, el kiosko de prensa... la tienda de los chinos de todo a un euro ¿?.

No era muy alentador, pero era urgente. Entró en la tienda de los chinos y allí se suministró de un perfilador para ojos, un colorete, una sombra de ojos, una barra de labios, un cepillo de pelo y una laca. Se decía... "esto no puede ser bueno"... pero pagó religiosamente el botín cosmético y volvió a la sucursal.

En el baño, aplicó cada uno de los enseres, comprobó que la cosa había mejorado mucho, y lo guardó en un pequeño neceser comprado ad hoc .

Y seguía pensando... "bueno, no está mal, las pestañas siguen en su sitio,los labios no sangran del sarpullido, la piel de las mejillas no se me cae a trozos y por lo que me ha costado en unos meses lo tiro, total, espero no tener muchas emergencias de estas".

Cuando salió, su cara era otra y su ánimo también.

Hace un par de días, Pili y yo hablábamos en su mesa sobre la conveniencia o no de concederle una tarjeta al de siempre, cuando hizo acto de presencia una señora, que sin medrar ni siquiera presentación, se dirigió a Pili:

-Tenga, un folleto de Avón.

-Gracias, muy amable, pero no me gustan los productos de esta marca.

-Algo mejor será que lo que se pone. La vi ayer en los chinos comprando maquillaje, y me dije: no me lo puedo creer, una chica con su oficio y comprando esta m.... Así que por su bien, mírelo, hágame el pedido y si no puede pargarlo de una vez, me lo va dando en mensualidades. Ahí le dejo el folleto.

La cara de Pili era un poema sobre incredulidad, asombro y estupefacción, que ni los mejores maquillajes del mundo podrían disimular.

Desde entonces Pili es otra, o al menos lo intenta. A veces la pobre muchacha no dispone ni de esos quince minutos para desayunar, y se la puede ver, fijándose mucho eso sí, entrar en la panadería de los chinos a comprarse un refresco, esquiva y escurridiza, casi como una sombra, ataviada con sus gafas de sol, coleta descuidada para la ocasión y los cuellos del chaquetón más arriba de la nariz. Aún así siente la extraña sensación... de ser observada.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Y llegó Santa Nómina Bendita...

Su nerviosismo ese día era patente, las líneas de tensión alrededor de su boca estaban más marcadas que las de un cocainómano con cincuenta kilos de farlopa a sus naric.. espaldas.

La impaciencia era mayor que el decoro, desde el despacho, a gritos, mientras atendía clientes, la misma cantinela ...

-Pakitoooooo, ha venido esooooo?
-Que no, que viene a la una.

Tres minutos después (la abuela de dentro del despacho debió levitar sobre la silla del susto)

-Pakitoooooo, ha venido esooooo?
- (Pakito chinchando) ¿El quéeee?
-La valijaaaaa
-Nooooooo

A la una en punto, como cada día, claro, aparece D. José con la valija y pudimos comprobar que no sólo el correcaminos levantaba polvo cuando se desplazaba. El señor director no podía más y en un alarde de agilidad me arrebató la valija de las manos. Apresuradamente sacó el sobre, las manos le temblaban, se notaba la emoción en sus ojos. Lo abrió, desplegó aquel papel mágico y...

Los brazos cayeron a plomo a los lados del cuerpo, el papel planeó hasta tocar el suelo, porque el desencanto no le daba fuerzas ni para sujetarlo. La nómina, había llegado su primera nómina de director.

Y todas sus esperanzas se truncaron, aquellas palabras hermosas, dichas con la mejor y más veraz (jijijiji) de las sonrisas, aquellas promesas de ascenso, premio, compensación, todo se desvaneció. Hasta la gomina.

Un año de experiencia en aquel banco de las promesas, fue nombrado director por su valía y sus dotes. Bueno, en realidad, pero él aún no lo ha asimilado, fue por el "esquenohayotroquetrague".

Una carrera de económicas, unas pruebas muy duras para ser seleccionado, seis meses a prueba en la peor de las sucursales imaginables, dedicación exclusiva al arte de la venta desde las ocho de la mañana a las ocho de la noche, palmaditas en la espalda por los logros conseguidos, broncas del doce cuando no se llegaba a los objetivos (inepto, no sabes manejar un equipo, no sabes gestionar tu oficina, te tendré que tratar como un colegial), el esfuerzo diario para llegar con ilusión...


...1.100 euros de sueldo

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La banca y la capacidad de asombro

El ser humano tiene una serie de capacidades, una de ellas es la de asombro, y cuando trabajas en banca, descubres que no tiene límites. Cuando crees que ya nada puede sorprenderte, alguien aparece y te alegra el día.. ¿o no...? Unas veces es un cliente, otras veces un jefe,otras veces un compañero y otras veces hasta las manifestaciones de una personalidad que tengo por ahí y que me hace parecer el demonio de Tasmania.

En este diario escribiré sobre esas experiencias, con suerte sólo semanales, que ya, con dieciocho años de bancario en mis lomos y mis cervicales, hasta me hacen reír.

Probemos con la primera. Esta fue ayer.

Mi estimado banco ha tenido el magnánimo detalle de enviar caramelos para ponerlos a disposición del público. Acogemos con alegría la idea (aún nos queda alegría, animalitos), porque pensamos que agradecerán el detalle y se les quitará por unos segundos al menos la cara de estreñidos que traen en su mayoría.

Pero !oh, sorpresa!, aparece don gestotorcíoportodo que coge con desdén un caramelo, sin abrirlo me lo tira encima de la mesa y me espeta (sí, esta gente no pregunta, no exclama, no dice, espeta)

-Y serán con azúcar, claro.
-Sí caballero, son con azúcar.
-Ya me está sacando la hoja de reclamaciones que estoy en mi derecho.
-¿Me puede explicar por qué quiere reclamar?
-Lo que me faltaba, además de ladrones y estafadores, asesinos en potencia. ¡Soy diabético!.
-Pues lo siento mucho, pero no era nuestra intención que entrara en coma por un caramelo.
-Encima cachondeo, es que no tienen consideración con nadie. ¿No saben en este p...o banco que hay mucha gente diabética? ¿Tanto costaría poner dos cestillos, con y sin azúcar?
-Señor, su hoja de reclamaciones.


Y la hoja fue enviada, perfectamente rellena, con unos sospechosos rodetes, como gotas. Lloré de risa varias veces al leerlo, me sale más barato que una terapia.