Todos los bancarios sabemos que una de las peores cosas que puede suceder en la oficina es que decidan hacer obras. A la constante tensión ya habitual, hay que sumar el polvo, los ruidos, los cascotes, las tablas en el suelo, los agujeros, etc. etc. Aunque algunas veces los señores pensantes del departamento de inmuebles saben hacerlo aún mejor. Y me los imagino como pequeños troles cabrones ideando cómo hacértelo pasar peor, arguyendo sutiles planes para llevar la paciencia y el sufrimiento a límites insospechados.
Mi primera obra fue en el mes de agosto, decidieron remodelar por completo la oficina, techos, suelos, paredes, mobiliario, disposición. Todo.
Mi primera obra fue en el mes de agosto, decidieron remodelar por completo la oficina, techos, suelos, paredes, mobiliario, disposición. Todo.
Y por supuesto el recinto de caja.
Y como mandan los cánones de seguridad, hubo que improvisar un nuevo recinto auxiliar y ¿qué se les ocurrió a los ptc (pequeños troles cabrones)?Pues sencillo: colocaron en medio del patio de clientes, al lado de un gran ventanal por donde entraba el sol toda la mañana, una antigua taquilla de metro, de hierro, pequeña, sin ventanas, con techo y por supuesto sin aire acondicionado (ni siquiera funcionaba el de la propia oficina). Y pensar que hay gente que paga por una sauna... Aún tengo bajo el nivel de toxinas de todas las que pude perder durante el mes que pasé sudando hasta la deshidratación. De vez en cuando tenía que salir durante unos segundos y boquear como los peces para evitar el desmayo. Qué maravillosa experiencia...
La segunda obra que pasé fue más cómoda, menos calurosa pero muuucho más escatológica. Al lado de mi mesa se encontraba la arqueta por la que discurría todo aquello que bajaba por las tuberías del edificio. "Todo aquello". Dos veces tuve que padecer los desatascos, y a la tercera fue la vencida. Los nunca bien pagados poceros, esta tercera vez, procedieron a insertar gomas en aquel agujero inmundo para ejercer presión sobre el atasco y deshacerlo, pero el efecto fue inverso. La presión hizo que al exterior saliera "todo aquello", salpicando muebles, ordenadores, techos, paredes, suelos, papeles, poceros incluso. Y ante semejante e antihigiénico despropósito no hubo más remedio que abrir una zanja de metro y medio de profundidad , unos cuatro de longitud y un metro de anchura. ¿Y dónde? Obvio, al lado de mi mesa. Según el Feng Shui, tener en tu entorno una fuente, cascada, río etc. hace que fluyan buenas energías, bueno, pues no eran precisamente buenas energías lo que fluía por aquella zanja; mejor no digo más, aún me conmueve profundamente en mis entrañas el recuerdo de aquel escatológico mes. (Disculpen, voy a vomitar un poco).
Y ahora llega el momento de la Gran Obra, proyecto digno del mismísimo Imhotep, con un altísimo presupuesto, gran dotación obrera, ingentes cantidades de material y sin claras expectativas de finalizar a corto plazo. Están cambiando el suelo y los azulejos de los dos mínimos baños, cuyo espacio se reduce al exclusivamente necesario para una taza y un lavabo. Las obras comenzaron exactamente hace un mes, en ocasiones ejecutadas hasta por tres profesionales, han puesto el mismo azulejo para el suelo y las paredes, el suelo está colocado sobre el anterior, los panes de cemento tras los azulejos antiguos, han sido tapados por delgadas láminas de pladur, sobre las que se han colocado los nuevos azulejos, el techo no se pintará (casi mejor, rompe la monotonía cromática del blanco de suelos y paredes), y por supuesto los saneamientos serán los viejos, perdón, antiguos, porque estimo que un objeto que supera los cuarenta años ya merece la categoría de antigüedad. Haciendo una excepción, los ímprobos albañiles han roto una de las tazas y tengo mi confianza puesta en que alguien con dos dedos de frente entre los ptc, decida autorizar en un magnánimo gesto de empatía el coste de una nueva. Y en cuanto al presupuesto, ni lo menciono por una simple cuestión de pudor.
Pero, ¿quién sabe?, siempre he sido hombre de poca fé, y quizá, cuando acaben las obras (no saben darme fecha, ni siquiera mes arriba, mes abajo), el resultado sea tan deslumbrante que tenga que comerme mis propias ironías. Que va a ser que no... mi intuición y mis dotes de medio brujo me hacen sorpenderme siempre menos de lo que quisiera.
Y como mandan los cánones de seguridad, hubo que improvisar un nuevo recinto auxiliar y ¿qué se les ocurrió a los ptc (pequeños troles cabrones)?Pues sencillo: colocaron en medio del patio de clientes, al lado de un gran ventanal por donde entraba el sol toda la mañana, una antigua taquilla de metro, de hierro, pequeña, sin ventanas, con techo y por supuesto sin aire acondicionado (ni siquiera funcionaba el de la propia oficina). Y pensar que hay gente que paga por una sauna... Aún tengo bajo el nivel de toxinas de todas las que pude perder durante el mes que pasé sudando hasta la deshidratación. De vez en cuando tenía que salir durante unos segundos y boquear como los peces para evitar el desmayo. Qué maravillosa experiencia...
La segunda obra que pasé fue más cómoda, menos calurosa pero muuucho más escatológica. Al lado de mi mesa se encontraba la arqueta por la que discurría todo aquello que bajaba por las tuberías del edificio. "Todo aquello". Dos veces tuve que padecer los desatascos, y a la tercera fue la vencida. Los nunca bien pagados poceros, esta tercera vez, procedieron a insertar gomas en aquel agujero inmundo para ejercer presión sobre el atasco y deshacerlo, pero el efecto fue inverso. La presión hizo que al exterior saliera "todo aquello", salpicando muebles, ordenadores, techos, paredes, suelos, papeles, poceros incluso. Y ante semejante e antihigiénico despropósito no hubo más remedio que abrir una zanja de metro y medio de profundidad , unos cuatro de longitud y un metro de anchura. ¿Y dónde? Obvio, al lado de mi mesa. Según el Feng Shui, tener en tu entorno una fuente, cascada, río etc. hace que fluyan buenas energías, bueno, pues no eran precisamente buenas energías lo que fluía por aquella zanja; mejor no digo más, aún me conmueve profundamente en mis entrañas el recuerdo de aquel escatológico mes. (Disculpen, voy a vomitar un poco).
Y ahora llega el momento de la Gran Obra, proyecto digno del mismísimo Imhotep, con un altísimo presupuesto, gran dotación obrera, ingentes cantidades de material y sin claras expectativas de finalizar a corto plazo. Están cambiando el suelo y los azulejos de los dos mínimos baños, cuyo espacio se reduce al exclusivamente necesario para una taza y un lavabo. Las obras comenzaron exactamente hace un mes, en ocasiones ejecutadas hasta por tres profesionales, han puesto el mismo azulejo para el suelo y las paredes, el suelo está colocado sobre el anterior, los panes de cemento tras los azulejos antiguos, han sido tapados por delgadas láminas de pladur, sobre las que se han colocado los nuevos azulejos, el techo no se pintará (casi mejor, rompe la monotonía cromática del blanco de suelos y paredes), y por supuesto los saneamientos serán los viejos, perdón, antiguos, porque estimo que un objeto que supera los cuarenta años ya merece la categoría de antigüedad. Haciendo una excepción, los ímprobos albañiles han roto una de las tazas y tengo mi confianza puesta en que alguien con dos dedos de frente entre los ptc, decida autorizar en un magnánimo gesto de empatía el coste de una nueva. Y en cuanto al presupuesto, ni lo menciono por una simple cuestión de pudor.
Pero, ¿quién sabe?, siempre he sido hombre de poca fé, y quizá, cuando acaben las obras (no saben darme fecha, ni siquiera mes arriba, mes abajo), el resultado sea tan deslumbrante que tenga que comerme mis propias ironías. Que va a ser que no... mi intuición y mis dotes de medio brujo me hacen sorpenderme siempre menos de lo que quisiera.