De todos es sabido que el cliente siempre tiene la razón. De todos es sabido que el cliente casi nuuuuunca tiene razón. De todos es sabido que estamos para lo que los clientes manden (y no hay manera, no mandan ni un jamón, ni un lomo pata negra... nada). Pero de todos es sabido que a pesar de nuestra bancaria paciencia infinita, a veces el demonio humano que habita en nosotros se descontrola. Vaya, que se nos calienta la boca.
Al principio fui mesurado, no "entraba al trapo" con facilidad. Prefería ignorar los insultos y seguir atentiendo con mi gran sonrisa al siguiente cliente. A esto le llamo yo apaciguamiento por aburrimiento. Se cansan de insultar y se van. Que me llamaban sinvergüenza, pues yo a callar, que me llamaban ladrón, yo a sonreír. ¡Ah, qué tiempos aquellos!
Pero al igual que la capacidad de asombro no tiene límites, la capacidad de aguantar humillaciones y vejaciones no sólo sí los tiene, sino que la rapidez de su agotamiento es directamente proporcional al número de insultos recibidos. Cada insulto rellena el doble que el anterior.Recuerdo aquel bello día de marzo, último sábado que trabajábamos al fin ese semestre...
Era una arapahoe redomada (ara, pa joé, llego un minuto antes de cerrar) porque quería sacar dinero con una tarjeta de una caja, no recuerdo cuál, y la banda magnética estaba estropeada. Se le indicó que nada podíamos hacer porque no era de nuestra entidad. En viendo sus fosas nasales dilatarse hasta extremos no humanos, hicimos el esfuerzo de llamar al teléfono de 24 horas de SU caja de ahorros. Nada que hacer. Entonces se le ocurrió una maravillosa opción, que le dejáramos sacar el dinero de una cuenta de nuestro banco que alcanzaba la nada despreciable cifra de 0,29 céntimos, y sin movimientos desde seis meses atrás. Pues... va a ser que no, oiga. La amplitud de sus fosas nasales iba in crescendo en consonancia con su cabreo. Mientras, la caja se cuadraba, en los ordenadores se hacía cierre ordenado, el cuadro de luces quedaba apagado, los compañeros se iban a su casa deseándonos suerte... y allí, en medio de la oscuridad de la oficina, amablemente le ofrecíamos irse al guano, pero en fino. Pues nada, Celia y yo secuestrados en nuestra oficina por una loca con las narices como un mihura. Celia, en su status de directora, hacía lo que tantos y tantos cursos de formación le aconsejaban, paciencia, no gritar, mostrarse razonable, etc.
Y yo, en mi esquina, apoyado, con la gabardina puesta y el paraguas de golf en la mano, miraba absorto la escena, pasando la mirada de aquel ser inhumano de indescriptible rostro al reloj de la pared que anunciaba con su tic tac que algo iba a ocurrir, y de momento ese algo no era irme a casa.
"Hijos de (lumi, hetera, mala madre, mujer de vida disipada, meretriz, etc. eufemismos varios, vaya) no me voy hasta que no me déis dinero, y de aquí no se mueve ni dios" exclamaba una y otra vez en medio de una serie continua y repetitiva de exabruptos y sinrazones. Pero yo ya veía los minutos, sí, los veía a mi alrededor engordando el ambiente, espesando el espacio. Las dos de la tarde... las dos y diez...las dos y media... Mi ya de por sí mermado fin de semana que sólo se reduce al domingo, estaba siendo reducido cada vez más y más y más y más; de momento ya le había regalado al taurino contrincante una preciosa hora.
Me despegué de la pared, atravesé la nube de minutos como en un sueño, me puse delante de ella, alcé el paraguas sobre su cabeza, saqué la mejor de mis sonrisas y con una voz dulce y suave le hice un pequeño comentario: "Mira, tía loca, o sales de aquí pitando o te juro que te hago una brocheta con el paraguas". Bien, por fin, el triunfo de la razón. Escoltada por mi humilde persona y mi arrogante paraguas, salió por la puerta rauda y veloz.
Desde entonces miro a los paraguas con gran respeto, y si son de golf, hasta con cierta veneración.
Pero hoy, sin mediar instrumento mágico externo alguno, los efectos han sido bastante parecidos. Extranjera, peruana para más señas, mal encarada, de ceño impenitentemente fruncido, se acerca con su acompañante a la ventanilla de caja, por encima del cristal blindado arroja un papel con una transferencia hecha desde la oficina a Perú con gesto de displicencia y cierto asco. Cosa extraña, he de decir; estoy acostumbrado a atender extranjeros y suelen ser bastante más amables y considerados de lo que la mayoría cree. Pero en fin, extrañado por el comportamiento, mantenemos un intento de entender el por qué del gesto y explicar el por qué de la incidencia, pero nada, acabó obsesionándose porque yo era un inútil y no sabía hacer esa operación (¡Dios mío, al menos veinte por semana, ninguna incidencia y ahora resulta que no sé!). De forma sutil iba dando punzaditas en mi ego y mi mala leche que acabaron escociendo, y sin saber por qué, tras dos centímetros de cristal blindado, se me ocurrió medio susurrar entre dientes, mascullando, que ya hay que tener oído para captar algo dicho así, una absurda palabra, quizá dictada por mi subsconsciente que veía las gotitas de saliva salir disparadas entre insultos hacia el cristal. "Babosa", le dije.¡ Qué cambio, qué transformación! Se vino abajo como una gelatina en el microondas, toda su arrogancia, su mala educación se arrugaron y con gesto de sorpresa y humillación y algo de dolor en el orgullo, me preguntaba "¿qué me ha dicho, qué me ha dicho?". Mi mente fue rápida y le dije: "que voy a hacer UNA COSA, llamar a ver si hay incidencia". "De acuerdo, si le dicen algo, por favor, sea tan amable de llamarme", me respondía con una educación hasta ahora en ella insólita.
Increíble la fuerza de las palabras. Sorprendente.
Al principio fui mesurado, no "entraba al trapo" con facilidad. Prefería ignorar los insultos y seguir atentiendo con mi gran sonrisa al siguiente cliente. A esto le llamo yo apaciguamiento por aburrimiento. Se cansan de insultar y se van. Que me llamaban sinvergüenza, pues yo a callar, que me llamaban ladrón, yo a sonreír. ¡Ah, qué tiempos aquellos!
Pero al igual que la capacidad de asombro no tiene límites, la capacidad de aguantar humillaciones y vejaciones no sólo sí los tiene, sino que la rapidez de su agotamiento es directamente proporcional al número de insultos recibidos. Cada insulto rellena el doble que el anterior.Recuerdo aquel bello día de marzo, último sábado que trabajábamos al fin ese semestre...
Era una arapahoe redomada (ara, pa joé, llego un minuto antes de cerrar) porque quería sacar dinero con una tarjeta de una caja, no recuerdo cuál, y la banda magnética estaba estropeada. Se le indicó que nada podíamos hacer porque no era de nuestra entidad. En viendo sus fosas nasales dilatarse hasta extremos no humanos, hicimos el esfuerzo de llamar al teléfono de 24 horas de SU caja de ahorros. Nada que hacer. Entonces se le ocurrió una maravillosa opción, que le dejáramos sacar el dinero de una cuenta de nuestro banco que alcanzaba la nada despreciable cifra de 0,29 céntimos, y sin movimientos desde seis meses atrás. Pues... va a ser que no, oiga. La amplitud de sus fosas nasales iba in crescendo en consonancia con su cabreo. Mientras, la caja se cuadraba, en los ordenadores se hacía cierre ordenado, el cuadro de luces quedaba apagado, los compañeros se iban a su casa deseándonos suerte... y allí, en medio de la oscuridad de la oficina, amablemente le ofrecíamos irse al guano, pero en fino. Pues nada, Celia y yo secuestrados en nuestra oficina por una loca con las narices como un mihura. Celia, en su status de directora, hacía lo que tantos y tantos cursos de formación le aconsejaban, paciencia, no gritar, mostrarse razonable, etc.
Y yo, en mi esquina, apoyado, con la gabardina puesta y el paraguas de golf en la mano, miraba absorto la escena, pasando la mirada de aquel ser inhumano de indescriptible rostro al reloj de la pared que anunciaba con su tic tac que algo iba a ocurrir, y de momento ese algo no era irme a casa.
"Hijos de (lumi, hetera, mala madre, mujer de vida disipada, meretriz, etc. eufemismos varios, vaya) no me voy hasta que no me déis dinero, y de aquí no se mueve ni dios" exclamaba una y otra vez en medio de una serie continua y repetitiva de exabruptos y sinrazones. Pero yo ya veía los minutos, sí, los veía a mi alrededor engordando el ambiente, espesando el espacio. Las dos de la tarde... las dos y diez...las dos y media... Mi ya de por sí mermado fin de semana que sólo se reduce al domingo, estaba siendo reducido cada vez más y más y más y más; de momento ya le había regalado al taurino contrincante una preciosa hora.
Me despegué de la pared, atravesé la nube de minutos como en un sueño, me puse delante de ella, alcé el paraguas sobre su cabeza, saqué la mejor de mis sonrisas y con una voz dulce y suave le hice un pequeño comentario: "Mira, tía loca, o sales de aquí pitando o te juro que te hago una brocheta con el paraguas". Bien, por fin, el triunfo de la razón. Escoltada por mi humilde persona y mi arrogante paraguas, salió por la puerta rauda y veloz.
Desde entonces miro a los paraguas con gran respeto, y si son de golf, hasta con cierta veneración.
Pero hoy, sin mediar instrumento mágico externo alguno, los efectos han sido bastante parecidos. Extranjera, peruana para más señas, mal encarada, de ceño impenitentemente fruncido, se acerca con su acompañante a la ventanilla de caja, por encima del cristal blindado arroja un papel con una transferencia hecha desde la oficina a Perú con gesto de displicencia y cierto asco. Cosa extraña, he de decir; estoy acostumbrado a atender extranjeros y suelen ser bastante más amables y considerados de lo que la mayoría cree. Pero en fin, extrañado por el comportamiento, mantenemos un intento de entender el por qué del gesto y explicar el por qué de la incidencia, pero nada, acabó obsesionándose porque yo era un inútil y no sabía hacer esa operación (¡Dios mío, al menos veinte por semana, ninguna incidencia y ahora resulta que no sé!). De forma sutil iba dando punzaditas en mi ego y mi mala leche que acabaron escociendo, y sin saber por qué, tras dos centímetros de cristal blindado, se me ocurrió medio susurrar entre dientes, mascullando, que ya hay que tener oído para captar algo dicho así, una absurda palabra, quizá dictada por mi subsconsciente que veía las gotitas de saliva salir disparadas entre insultos hacia el cristal. "Babosa", le dije.¡ Qué cambio, qué transformación! Se vino abajo como una gelatina en el microondas, toda su arrogancia, su mala educación se arrugaron y con gesto de sorpresa y humillación y algo de dolor en el orgullo, me preguntaba "¿qué me ha dicho, qué me ha dicho?". Mi mente fue rápida y le dije: "que voy a hacer UNA COSA, llamar a ver si hay incidencia". "De acuerdo, si le dicen algo, por favor, sea tan amable de llamarme", me respondía con una educación hasta ahora en ella insólita.
Increíble la fuerza de las palabras. Sorprendente.
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