Dice un viejo refrán que al que cuece y amasa, de todo le pasa. Pues tanto tiempo amasando y cociendo, con toda suerte de situaciones me he llegado a encontrar, y ésta es una más, eso sí, impresionante y triste.
Como todas las mañanas llegaba yo a eso de las siete y media de la mañana, aún oscuro, a las inmediaciones de la oficina. Como siempre acechando cual felino, porque tengo la extraña sensación de que lo del "Atraco del madrugador" no es ni leyenda urbana ni mitología bancaria. Es más bien una triste realidad a la que los madrugadores nos enfrentamos a la hora de la solitaria entrada.
Pues bien, aquel día repartí mi mirada para observar que sólo había dos personas en las cercanías de la puerta, una de ellas en el cajero automático y la otra sentada en un banco, posiblemente esperando que vinieran a recogerlo para ir a trabajar.
La mañana se desarrolló como es de esperar, clientes molestos, clientes enfadados, clientes cabreados, y así un largo etcétera de modulaciones en la escala de sentimientos de nuestros siempre agradables y no del todo apreciados clientes.
A las diez de la mañana, la parca y su fatal anuncio hicieron acto de aparición en la oficina en forma de simpática y dicharachera clienta. Después de realizar las gestiones que consideró oportunas (siempre son demasiadas en mi modesta opinión, cómo le gusta a la gente jugar a bancos), cual enviada del Hades, me dijo:
-Tú no has visto lo que tenéis en la puerta, ¿verdad Pakito?
-Pos no, contesté yo estirando el cuello para atisbar cualquier cambio en el umbral y alrededores.
-Tenéis un muerto.
Mi mente repasó en cuestión de segundos todos las acepciones de la palabra "muerto" disponibles en mi mermada memoria. Por cierto, qué bien me vendría un back up y un resteo, la de megas ocupados por chorradas inservibles que tengo ahí dentro. Abrí archivos, carpetas, subcarpetas en mi registro linguístico para llegar a la conclusión de que muerto es muerto, o sea no vivo.
-Venga ya, no fastidies. (Respuesta original donde las hayas, qué dominio del vocabulario)
-Que sí, que sí, sentado en un banco.
Ahí mi cámara subjetiva me mostró un macabro flashback de la imagen matutina del obrero sentado en el banco tranquilamente. Y tan tranquilo que estaba, ni un nervio. Es decir, no esperaba ir a trabajar, la cita había terminado y había sido con la mismísima Moira.
Y pasó a relatarme que el descubrimiento había sido hacía apenas unos minutos por parte de mis vecinos del banco de la competencia que habían visto extraño que el hombre no cambiara de postura. Está claro, los bancarios somos especie sujeta a extraños sucesos, sea cuál sea la subespecie a la cual pertenezcan.
A partir de ese momento, todo eran idas y venidas de Jose, el compañero de ventanilla, que movido por un extraño y nada previsible morbo, nos daba puntual información cada cinco minutos de las maniobras policiales y sanitarias, así como de la última hora de los improvisados reporteros callejeros que no se ponían de acuerdo si era un hombre de color, un vecino "falto" de la calle no sé qué, en si el mp3 que llevaba seguía funcionando o que si el momento fatal llegó de madrugada o a primera hora de la mañana.
Entretanto el director estaba en sus quehaceres diarios de escuchar la sagrada y habitual bronca telefónica de su director de área, compartiendo experiencia con algunos otros directores. La policía hizo acto de aparición para requerirnos las cintas de las cámaras de seguridad, momento que aproveché para hacerle partícipe del cotilleo del día. El, incrédulo, sólo pudo decir a través del auricular "Lo siento, he de retirarme, está aquí la policía. Se nos ha muerto un hombre en la puerta". Al parecer el director de área hizo partícipe de su desagrado al resto de directores oyentes con un "nada, que nunca podemos terminar una conversación a gusto". Y es que hay gente que no tiene consideración ni sensibilidad, mira que ir a morirse allí mismo con un despacho de directores en ciernes.
Pero he de decir a favor de este gran jefe, que más tarde demostró su inquietud y preocupación, cuando preguntó a un compañero: "No sería cliente, ¿no?. Y si lo era, no sería moroso." Siempre me gustó la gente empática.
Y se acabaron las ironías. Aproximadamente a las once, salí a tomar mi consabido y estimulante café. No es que no pudiera evitar el mirar, sino que la escena estaba ante mí, no se podía huir de ella. Ya habían desaparecido todos los policías excepto uno, que aguardaba estocaimente la llegada del forense, y se mantenía a varios metros del hombre, fuera del gran perímetro acordonado. Y en medio de aquel vasto páramo, el hombre seguía sentado oyendo sin escuchar la música de su Mp3, con la cabeza apenas tapada. Su familía aún creería que estaba en su trabajo, riendo chanzas de compañeros, quejándose de sus jefes o empecinándose en mejorar su labor. Alrededor, los curiosos bromeaban, suponían, teorizaban, o simplemente hablaban de cualquier otra cosa.
Si alguna vez tuviera que pintar la soledad, sé perfectamente cómo sería el cuadro.
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