sábado, 22 de diciembre de 2007

Obras maestras de ayer y hoy

Todos los bancarios sabemos que una de las peores cosas que puede suceder en la oficina es que decidan hacer obras. A la constante tensión ya habitual, hay que sumar el polvo, los ruidos, los cascotes, las tablas en el suelo, los agujeros, etc. etc. Aunque algunas veces los señores pensantes del departamento de inmuebles saben hacerlo aún mejor. Y me los imagino como pequeños troles cabrones ideando cómo hacértelo pasar peor, arguyendo sutiles planes para llevar la paciencia y el sufrimiento a límites insospechados.

Mi primera obra fue en el mes de agosto, decidieron remodelar por completo la oficina, techos, suelos, paredes, mobiliario, disposición. Todo.

Y por supuesto el recinto de caja.

Y como mandan los cánones de seguridad, hubo que improvisar un nuevo recinto auxiliar y ¿qué se les ocurrió a los ptc (pequeños troles cabrones)?Pues sencillo: colocaron en medio del patio de clientes, al lado de un gran ventanal por donde entraba el sol toda la mañana, una antigua taquilla de metro, de hierro, pequeña, sin ventanas, con techo y por supuesto sin aire acondicionado (ni siquiera funcionaba el de la propia oficina). Y pensar que hay gente que paga por una sauna... Aún tengo bajo el nivel de toxinas de todas las que pude perder durante el mes que pasé sudando hasta la deshidratación. De vez en cuando tenía que salir durante unos segundos y boquear como los peces para evitar el desmayo. Qué maravillosa experiencia...

La segunda obra que pasé fue más cómoda, menos calurosa pero muuucho más escatológica. Al lado de mi mesa se encontraba la arqueta por la que discurría todo aquello que bajaba por las tuberías del edificio. "Todo aquello". Dos veces tuve que padecer los desatascos, y a la tercera fue la vencida. Los nunca bien pagados poceros, esta tercera vez, procedieron a insertar gomas en aquel agujero inmundo para ejercer presión sobre el atasco y deshacerlo, pero el efecto fue inverso. La presión hizo que al exterior saliera "todo aquello", salpicando muebles, ordenadores, techos, paredes, suelos, papeles, poceros incluso. Y ante semejante e antihigiénico despropósito no hubo más remedio que abrir una zanja de metro y medio de profundidad , unos cuatro de longitud y un metro de anchura. ¿Y dónde? Obvio, al lado de mi mesa. Según el Feng Shui, tener en tu entorno una fuente, cascada, río etc. hace que fluyan buenas energías, bueno, pues no eran precisamente buenas energías lo que fluía por aquella zanja; mejor no digo más, aún me conmueve profundamente en mis entrañas el recuerdo de aquel escatológico mes. (Disculpen, voy a vomitar un poco).

Y ahora llega el momento de la Gran Obra, proyecto digno del mismísimo Imhotep, con un altísimo presupuesto, gran dotación obrera, ingentes cantidades de material y sin claras expectativas de finalizar a corto plazo. Están cambiando el suelo y los azulejos de los dos mínimos baños, cuyo espacio se reduce al exclusivamente necesario para una taza y un lavabo. Las obras comenzaron exactamente hace un mes, en ocasiones ejecutadas hasta por tres profesionales, han puesto el mismo azulejo para el suelo y las paredes, el suelo está colocado sobre el anterior, los panes de cemento tras los azulejos antiguos, han sido tapados por delgadas láminas de pladur, sobre las que se han colocado los nuevos azulejos, el techo no se pintará (casi mejor, rompe la monotonía cromática del blanco de suelos y paredes), y por supuesto los saneamientos serán los viejos, perdón, antiguos, porque estimo que un objeto que supera los cuarenta años ya merece la categoría de antigüedad. Haciendo una excepción, los ímprobos albañiles han roto una de las tazas y tengo mi confianza puesta en que alguien con dos dedos de frente entre los ptc, decida autorizar en un magnánimo gesto de empatía el coste de una nueva. Y en cuanto al presupuesto, ni lo menciono por una simple cuestión de pudor.

Pero, ¿quién sabe?, siempre he sido hombre de poca fé, y quizá, cuando acaben las obras (no saben darme fecha, ni siquiera mes arriba, mes abajo), el resultado sea tan deslumbrante que tenga que comerme mis propias ironías. Que va a ser que no... mi intuición y mis dotes de medio brujo me hacen sorpenderme siempre menos de lo que quisiera.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Broncas (Hit Parade)

De todos es sabido que el cliente siempre tiene la razón. De todos es sabido que el cliente casi nuuuuunca tiene razón. De todos es sabido que estamos para lo que los clientes manden (y no hay manera, no mandan ni un jamón, ni un lomo pata negra... nada). Pero de todos es sabido que a pesar de nuestra bancaria paciencia infinita, a veces el demonio humano que habita en nosotros se descontrola. Vaya, que se nos calienta la boca.

Al principio fui mesurado, no "entraba al trapo" con facilidad. Prefería ignorar los insultos y seguir atentiendo con mi gran sonrisa al siguiente cliente. A esto le llamo yo apaciguamiento por aburrimiento. Se cansan de insultar y se van. Que me llamaban sinvergüenza, pues yo a callar, que me llamaban ladrón, yo a sonreír. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Pero al igual que la capacidad de asombro no tiene límites, la capacidad de aguantar humillaciones y vejaciones no sólo sí los tiene, sino que la rapidez de su agotamiento es directamente proporcional al número de insultos recibidos. Cada insulto rellena el doble que el anterior.Recuerdo aquel bello día de marzo, último sábado que trabajábamos al fin ese semestre...

Era una arapahoe redomada (ara, pa joé, llego un minuto antes de cerrar) porque quería sacar dinero con una tarjeta de una caja, no recuerdo cuál, y la banda magnética estaba estropeada. Se le indicó que nada podíamos hacer porque no era de nuestra entidad. En viendo sus fosas nasales dilatarse hasta extremos no humanos, hicimos el esfuerzo de llamar al teléfono de 24 horas de SU caja de ahorros. Nada que hacer. Entonces se le ocurrió una maravillosa opción, que le dejáramos sacar el dinero de una cuenta de nuestro banco que alcanzaba la nada despreciable cifra de 0,29 céntimos, y sin movimientos desde seis meses atrás. Pues... va a ser que no, oiga. La amplitud de sus fosas nasales iba in crescendo en consonancia con su cabreo. Mientras, la caja se cuadraba, en los ordenadores se hacía cierre ordenado, el cuadro de luces quedaba apagado, los compañeros se iban a su casa deseándonos suerte... y allí, en medio de la oscuridad de la oficina, amablemente le ofrecíamos irse al guano, pero en fino. Pues nada, Celia y yo secuestrados en nuestra oficina por una loca con las narices como un mihura. Celia, en su status de directora, hacía lo que tantos y tantos cursos de formación le aconsejaban, paciencia, no gritar, mostrarse razonable, etc.
Y yo, en mi esquina, apoyado, con la gabardina puesta y el paraguas de golf en la mano, miraba absorto la escena, pasando la mirada de aquel ser inhumano de indescriptible rostro al reloj de la pared que anunciaba con su tic tac que algo iba a ocurrir, y de momento ese algo no era irme a casa.

"Hijos de (lumi, hetera, mala madre, mujer de vida disipada, meretriz, etc. eufemismos varios, vaya) no me voy hasta que no me déis dinero, y de aquí no se mueve ni dios" exclamaba una y otra vez en medio de una serie continua y repetitiva de exabruptos y sinrazones. Pero yo ya veía los minutos, sí, los veía a mi alrededor engordando el ambiente, espesando el espacio. Las dos de la tarde... las dos y diez...las dos y media... Mi ya de por sí mermado fin de semana que sólo se reduce al domingo, estaba siendo reducido cada vez más y más y más y más; de momento ya le había regalado al taurino contrincante una preciosa hora.

Me despegué de la pared, atravesé la nube de minutos como en un sueño, me puse delante de ella, alcé el paraguas sobre su cabeza, saqué la mejor de mis sonrisas y con una voz dulce y suave le hice un pequeño comentario: "Mira, tía loca, o sales de aquí pitando o te juro que te hago una brocheta con el paraguas". Bien, por fin, el triunfo de la razón. Escoltada por mi humilde persona y mi arrogante paraguas, salió por la puerta rauda y veloz.

Desde entonces miro a los paraguas con gran respeto, y si son de golf, hasta con cierta veneración.

Pero hoy, sin mediar instrumento mágico externo alguno, los efectos han sido bastante parecidos. Extranjera, peruana para más señas, mal encarada, de ceño impenitentemente fruncido, se acerca con su acompañante a la ventanilla de caja, por encima del cristal blindado arroja un papel con una transferencia hecha desde la oficina a Perú con gesto de displicencia y cierto asco. Cosa extraña, he de decir; estoy acostumbrado a atender extranjeros y suelen ser bastante más amables y considerados de lo que la mayoría cree. Pero en fin, extrañado por el comportamiento, mantenemos un intento de entender el por qué del gesto y explicar el por qué de la incidencia, pero nada, acabó obsesionándose porque yo era un inútil y no sabía hacer esa operación (¡Dios mío, al menos veinte por semana, ninguna incidencia y ahora resulta que no sé!). De forma sutil iba dando punzaditas en mi ego y mi mala leche que acabaron escociendo, y sin saber por qué, tras dos centímetros de cristal blindado, se me ocurrió medio susurrar entre dientes, mascullando, que ya hay que tener oído para captar algo dicho así, una absurda palabra, quizá dictada por mi subsconsciente que veía las gotitas de saliva salir disparadas entre insultos hacia el cristal. "Babosa", le dije.¡ Qué cambio, qué transformación! Se vino abajo como una gelatina en el microondas, toda su arrogancia, su mala educación se arrugaron y con gesto de sorpresa y humillación y algo de dolor en el orgullo, me preguntaba "¿qué me ha dicho, qué me ha dicho?". Mi mente fue rápida y le dije: "que voy a hacer UNA COSA, llamar a ver si hay incidencia". "De acuerdo, si le dicen algo, por favor, sea tan amable de llamarme", me respondía con una educación hasta ahora en ella insólita.

Increíble la fuerza de las palabras. Sorprendente.

martes, 4 de diciembre de 2007

Los jefes... esa especie que nunca se extingue

Pili me ha pasado estas pequeñas memorias.

Durante todos estos años he tenido jefes de lo más variopinto, buenos jefes, malos jefes, jefes que no tendrían que haber sido jefes, jefes que querían ser más que jefes. Vamos a ver si soy capaz de recordarlos a todos (son muchos, buen ejercicio para la memoria).

Adolfo: Mi primer interventor, el saber hacer y el buen humor su bandera. El me enseñó en mis primeros pasos por el banco y se rió de mí una jartá (palabras suyas). Y yo con él, sus chistes han sido los mejores que he oído nunca. Me decía "quilla, que tú vales mucho, ¿qué leches haces en este banco?" Pues de todo, señor mío, a estas alturas hasta he aprendido fontanería.

Carlos: Mi primer director. Este era un poco mosca cojonera, me ponía trampas para darme la gran llorera. Cuando no me faltaban dos millones de pesetas, me llamaba el jefe de personal en persona (infinita redundancia) o había decidido que era la culpable de una estafa. Dios, qué sinvivir.
Ernesto: Segundo director. Este se bebía hasta el agua de los floreros, sin miedo al despido, siempre estaba colocado. En mi puesto tenía una hoja con todos los teléfonos de los bares cercanos, era imposible no localizarlo (sus agencias satélites las llamaba) Pero una gran persona y un gran amigo. Ernesto, donde estés que seas feliz y que San Miguel te haya puesto un grifo de cerveza para toda la eternidad.Ismael: ¿Interventor? La única persona a la que de verdad he odiado en mi vida. No merece más mención.

Antonio: Director, perla rara en este oficio porque no sólo hablaba de banca. Es más ¡ se atrevía con la astronomía la filosofía y la física cuántica! Aún recuerdo su voz, su risa, sus ánimos inquebrantables, su alma buena. Espero que estés con Ernesto y que no sea tan egoísta como para no pasarte alguna caña de vez en cuando.

Juan María: Interventor. Este merece tres blogs. Mi gran maestro, mi referente de citas, mi gran amigo. Suyas son las frases que me abrieron camino en la banca: "A la mujer y al papel hasta el culo le has de ver" (Ya le vale). "No pasa nada y si pasa se le saluda". "Cuando te entren ganas de trabajar siéntate y espera que se te pasen" y otra sarta de sentencias de gran sabiduría. Fue la mejor época, ¡hasta iba contenta a trabajar!. A él no le echo de menos, cuando menos me lo espero parece vestido de alguna increíble guisa para tomarnos un laaaargo café.

Alonso: Interventor. Llevó a mi vida el misterio y el enigma. Cuando pasaba mucho rato sin verlo, el enigma y el misterio eran: ¿A que le ha dado otro ataque al corazón y está descorromoñao encima de la mesa de juntas? Sus extrañas desapariciones eran dignas de un reportaje de Jiménez del Oso. El gran Houdini de la banca, se escapaba y nadie sabía cómo.

Pedro: Director. Entre sus grandes hazañas está la de meternos un clan gitano con escopetas en la oficina diciendo que iban a hacer un estropicio y sin mala conciencia ¿eh?. Aún tengo pesadillas con la posibilidad de aquellas blancas paredes manchadas de sange. Aggggg.

Luis: Interventor. Era como una lechuza, nadie ni nada escapaba a su mirada. Todo absolutamente controlado. Increíble, porque siempre tenía los ojos en el periódico. Siete horas de periódico diarias, siempre pensamos que se iba a presentar al Guiness como la persona que más noticias se sabía de memoria.

Javier: Director. Un pedazo de pan, una excelente persona. Pero... cuando cogía la cintura de su pantalón y se la subía hasta un palmo por debajo de la axila, nos escondíamos porque sabíamos que estaba próximo el advenimiento del gran tsunami de su mala leche reconcentrada. Excelente jefe.

José Miguel: Director. El mayor bromista que he conocido. Había que andar con cien ojos con él, porque tan pronto ponía la alarma a mitad de la mañana para darnos el susto padre, como metía de música ambiental canciones de los Mojinos Escocíos. Repartío motes y los usó de tal manera, que inconscientemente nos llámabamos entre nosotros y ante la incredulidad de los clientes "El Membrillo", "El Carahuevo", "La Chatarras", "El Nosferatu", etc.

Vicente: Director. El "nervios". Consiguió alterar hasta a la fotocopiadora. Corrió mucho para no llegar a ninguna parte. Bueno, sí, al convencimiento de que hay que trabajar para vivir, no al contrario. He de confesar que fue blanco de mis bromas, que fueron muchas y por cierto, muy buenas. Y él ha de reconocer que le aliviaron en gran medida el estrés. A pesar de los desencuentros, amigos.

Fernando: Director. Buena complicidad, buen rollo, buen humor, muchas risas. Eres un gran profesional y sabes disfrutar (jejeje, qué envidia te deben tener algunos).

Celia: Directora. L´enfant terrible. Descarada, franca, sincera, se ríe de su sombra, no se calla ni debajo del agua, sobre todo "si no tiene el chichi para farolillos". Nos juntamos el hambre con las ganas de comer.

Y no se vayan todavía... aún hay más.