miércoles, 14 de noviembre de 2007

Pili... quién te ha visto y quién te ve...

Pili es una chica de natural coqueto, como corresponde a la mayoría de las integrantes de su género. Le gusta acudir a su trabajo arreglada, maquillada, con los pelos en su sitio. Pero un día...

Sus ojeras eran de oso panda no criado en cautividad, el colorido cadavérico de su rostro era evidente, el cansancio asomaba incluso en las comisuras de los labios, el pelo era un sainete de las púas de Espinete. Su hijo le había dado una "noche toledana", se había dormido a última hora y por no llegar tarde no pudo maquillarse como ella quiere y manda.

Estaba siendo la peor mañana en mucho tiempo, la longitud de su rebelde flequillo no tapaba las secuelas de una noche de termómetro, dalsy y apiretal a discreción . Así que llegado el momento de su desayuno, tomó una decisión. Salió y contempló el paisaje comercial a su alrededor. El bar de Pepe, el bar de Juan, el bar de Manolo, la panadería de los chinos, la zapatería de saldos, la ferretería, el kiosko de prensa... la tienda de los chinos de todo a un euro ¿?.

No era muy alentador, pero era urgente. Entró en la tienda de los chinos y allí se suministró de un perfilador para ojos, un colorete, una sombra de ojos, una barra de labios, un cepillo de pelo y una laca. Se decía... "esto no puede ser bueno"... pero pagó religiosamente el botín cosmético y volvió a la sucursal.

En el baño, aplicó cada uno de los enseres, comprobó que la cosa había mejorado mucho, y lo guardó en un pequeño neceser comprado ad hoc .

Y seguía pensando... "bueno, no está mal, las pestañas siguen en su sitio,los labios no sangran del sarpullido, la piel de las mejillas no se me cae a trozos y por lo que me ha costado en unos meses lo tiro, total, espero no tener muchas emergencias de estas".

Cuando salió, su cara era otra y su ánimo también.

Hace un par de días, Pili y yo hablábamos en su mesa sobre la conveniencia o no de concederle una tarjeta al de siempre, cuando hizo acto de presencia una señora, que sin medrar ni siquiera presentación, se dirigió a Pili:

-Tenga, un folleto de Avón.

-Gracias, muy amable, pero no me gustan los productos de esta marca.

-Algo mejor será que lo que se pone. La vi ayer en los chinos comprando maquillaje, y me dije: no me lo puedo creer, una chica con su oficio y comprando esta m.... Así que por su bien, mírelo, hágame el pedido y si no puede pargarlo de una vez, me lo va dando en mensualidades. Ahí le dejo el folleto.

La cara de Pili era un poema sobre incredulidad, asombro y estupefacción, que ni los mejores maquillajes del mundo podrían disimular.

Desde entonces Pili es otra, o al menos lo intenta. A veces la pobre muchacha no dispone ni de esos quince minutos para desayunar, y se la puede ver, fijándose mucho eso sí, entrar en la panadería de los chinos a comprarse un refresco, esquiva y escurridiza, casi como una sombra, ataviada con sus gafas de sol, coleta descuidada para la ocasión y los cuellos del chaquetón más arriba de la nariz. Aún así siente la extraña sensación... de ser observada.

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