El ser humano tiene una serie de capacidades, una de ellas es la de asombro, y cuando trabajas en banca, descubres que no tiene límites. Cuando crees que ya nada puede sorprenderte, alguien aparece y te alegra el día.. ¿o no...? Unas veces es un cliente, otras veces un jefe,otras veces un compañero y otras veces hasta las manifestaciones de una personalidad que tengo por ahí y que me hace parecer el demonio de Tasmania.
En este diario escribiré sobre esas experiencias, con suerte sólo semanales, que ya, con dieciocho años de bancario en mis lomos y mis cervicales, hasta me hacen reír.
Probemos con la primera. Esta fue ayer.
Mi estimado banco ha tenido el magnánimo detalle de enviar caramelos para ponerlos a disposición del público. Acogemos con alegría la idea (aún nos queda alegría, animalitos), porque pensamos que agradecerán el detalle y se les quitará por unos segundos al menos la cara de estreñidos que traen en su mayoría.
Pero !oh, sorpresa!, aparece don gestotorcíoportodo que coge con desdén un caramelo, sin abrirlo me lo tira encima de la mesa y me espeta (sí, esta gente no pregunta, no exclama, no dice, espeta)
-Y serán con azúcar, claro.
-Sí caballero, son con azúcar.
-Ya me está sacando la hoja de reclamaciones que estoy en mi derecho.
-¿Me puede explicar por qué quiere reclamar?
-Lo que me faltaba, además de ladrones y estafadores, asesinos en potencia. ¡Soy diabético!.
-Pues lo siento mucho, pero no era nuestra intención que entrara en coma por un caramelo.
-Encima cachondeo, es que no tienen consideración con nadie. ¿No saben en este p...o banco que hay mucha gente diabética? ¿Tanto costaría poner dos cestillos, con y sin azúcar?
-Señor, su hoja de reclamaciones.
Y la hoja fue enviada, perfectamente rellena, con unos sospechosos rodetes, como gotas. Lloré de risa varias veces al leerlo, me sale más barato que una terapia.
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