lunes, 19 de noviembre de 2007

El Safari

- Perdone, ¿es ahí el coto privado de caza? ¿Quedan plazas para caza mayor? JAJAJAJAJAJAJA
- Menos cachondeo con el temita, a ti me hubiera gustado verte.
Así empezaba esta mañana la conversación con un compañero que al parecer se encontraba un poco desocupado y me encontró a mí como divertimento.
Y es que la semana anterior tuvimos safari en la oficina. Una pasta lo que nos ahorramos sin ir a Kenia y con las mismas emociones fuertes. El lunes como cada mañana, llegué a las siete y media, esperando la misma rutina, pero algo había cambiado. Parecía que había pasado un ciclón, papeles por el suelo, objetos tirados por todas partes, y lo más sospechoso eran los "conguitos" que había por los rincones y la losa del techo de escayola desparramada en trozos detrás de mi sillón. Era obvio, me estaban observando desde la oscuridad algunos pares de ojos. Ratas.
Para cuando llegó el director yo ya había aporreado puertas, había puesto la radio a todo volumen y con una pizca de resquemor había mirado por todas partes. El enemigo estaba oculto en alguna parte, acechando, pero estaba. Según iban entrando los compañeros en la oficina se les iba dando puntual parte de las nuevas incorporaciones de la plantilla. ¡Qué desagradecidos! A ninguno le gustó la ampliación de personal. Así pasamos el primer día.
El segundo día se repitió el mismo escenario, con alguna variante: los enormes agujeros que habían aparecido en algunas paredes. Además nuestros visitantes habían hecho saltar las alarmas la noche anterior, menuda juerga habían montado. A última hora de la mañana, un chillido sobrecogedor rompió el monótono murmullo habitual. Y tuvo que ser Lucía quien viera la rata entrando al archivo (si hubiera ido a archivar los montones de contratos pendientes, seguro no hubiera chillado tanto). Y a partir de ahí todo fueron paseos de aquél pedazo de bicho, que tan pronto iba al baño como al archivo, como que entraba en el despacho con más tranquilidad que un cliente cuando va a pedir un préstamo.
El tercer día la sucursal fue cerrada por "causas técnicas". Y sí, técnicamente es que había ratas. Y allí pasé ese día, a oscuras, solo, un par de fantásticas horas, ultimando algunos detalles, recogiendo documentación y alguna que otra cosa (menos mal que el teléfono me distraía de mis fantasmales roedores). Y por fin llegó el rata buster. Yo esperaba una cuadrilla de cazadores con salacots y sherpas como mínimo, pero no, apareció un solo hombre armado de un trípode, una mochila y lo que yo creía unas carpetas.
Y empezó la operación "amos a cazarla". Cual CSI con su pequeña y potente linterna escudriñó cada rincón de la oficina (menos el archivo, eso no lo escudriña ni una legión de espeléologos). Por fin, en el despacho, el señor cazador se encontró cara a cara con la pieza. No puedo decir que se miraran durante instantes eternos a los ojos midiendo sus fuerzas cual inteligentes oponentes, sino que más bien aquello fue un gran portazo seguido de un "¿Pero tú has visto el bicharraco que tenéis ahí dentro?". Mr Matarratas abrió su mochila, sacó una reflex digital más grande que mi monitor y le aplicó un objetivo que parecía el telescopio de Monte Palomar. Yo no sabía si le iba a hacer un book a la rata o si la iba a matar aburriéndola a poses.
Y este señor fue engullido por el silencio, la oscuridad y el hermetismo del despacho. Una hora pasó hasta que aquellos chillidos rompieron la quietud del ambiente y la zozobra de mi curiosidad. Cinco minutos chillando. Murió al fin, pero afónica, seguro. Entre aquellas "carpetas", que resultaron ser cepos adhesivos, aquel cuerpo con alma de bancario era transportado exánime. Tras la peripecia, me fueron mostradas bonitas imágenes digitales donde aparecía aquél hermoso ejemplar. "Hasta me ha dado pena matarla, qué tamaño" Oía yo desde mi incredulidad.
Cuando se marchó, me recomendó una limpieza y desinfección de la oficina, y que no me asustara al ver el estado en que se encontraba el despacho. Ni veinte directores de área en su algidez bronquil hubieran sido capaces de semejante destrozo.
Y ahora, cual ánima temerosa, he unido una nueva rutina a mis habituales quehaceres: contar cuidadosamente las bolsitas de veneno esparcidas con la esperanza de que no falte ninguna.

1 comentario:

... dijo...

Oe pakito malaleshe: ¿han abierto cajeros automáticos para ratas? xDDD